domingo, 28 de febrero de 2016

Ser Cautelosos con las Influencias Negativas

Cuando entres en la tierra que el Señor tu Dios te da, no aprenderás a hacer las cosas abominables de esas naciones” (Deut. 18:9).

ANTECEDENTES DEL TEXTO

Increíblemente los israelitas vagaron por cuarenta años en el desierto de Parán, en un viaje que en realidad podía hacerse en menos de dos semanas (Pfeiffer, 68). Pero el momento había llegado. Moisés se dirigió a la nueva generación mientras ellos contemplaban el río Jordán, dispuestos a cruzarlo hacia la tierra prometida donde fluía leche y miel y de la que ellos habían rehuido cuarenta años antes. La misma estaba habitada por adoradores de ídolos quienes estaban zambullidos en actividades diabólicas. Ellos debían ser expulsados, pero Dios predijo que su influencia tentaría a la población relativamente joven de su pueblo y que amenazarían su existencia (comp. Deut. 12:29-32).
En su discurso deuteronómico, Moisés revisó su menos que estelar historia, repitió la ley, reiteró sus días de fiesta y estableció la familia como el lugar donde el amor de Dios y la obediencia serían ejemplares. En medio de visiones optimistas de prosperidad y una promesa aparentemente ilimitada, Dios hace algunas ominosas advertencias. En los primeros siete capítulos Él hizo siete advertencias contra enredarse en prácticas idolátricas.

En Deuteronomio 18:9-14 especificó las prácticas despreciables que debían evitarse, entre ellas el sacrificio de niños pasándolos por fuego, la brujería, la adivinación, el sortilegio, la magia, el consultar médiums y los espíritus de los muertos.

PRÁCTICAS DESPRECIABLES Y PELIGROSAS EN NUESTROS DÍAS

Francamente (y afortunadamente) la mayoría de estas prácticas no son el plato fuerte de nuestra cultura (salvo por ejemplos ocasionales de brujería y consulta de médiums). Pero antes que usted baje la guardia, deténgase y reflexione. Nuestra sociedad tiene cualidades altamente seductoras para ello. Es posible imaginar que ser un panameño es casi lo mismo que ser un cristiano; que una vida moral respetable y alabar a Dios son actividades intercambiables. Nosotros podríamos comenzar a creer que merecemos toda nuestra prosperidad y libertad y que somos libres de usarlas como se nos antoje.

Estamos criando a nuestros hijos en quizá la sociedad más materialista que ha existido en la historia. Muchos parecen creer que una gran prosperidad es evidencia de que somos aceptos ante Dios y que Dios cuida de forma especial a nuestra nación. La advertencia de Jesús en cuanto a que la vida no consiste en la abundancia de los bienes que se poseen (Lc. 12:15) se siente fuera de lugar cuando miramos todo el montón de cosas que hemos logrado y que nos dan felicidad.

Nuestra nación es extremadamente hedonista—muchas personas suponen que si algo es divertido o produce placer, entonces está justificado. La advertencia a no ser “amadores de los deleites más que de Dios” (2 Tim. 3:4) ha sido ignorada. Después de todo, ¿acaso no podemos amar a los dos?

Relacionada con el hedonismo, hay un abrumador énfasis en la libertad sexual. En cuanto las hormonas comienzan a reaccionar, nuestro ambiente sexualmente cargado bombardea a nuestros hijos desde afuera, usándolos para dar una expresión ilícita de su deseo sexual. El llamado “Huid de la fornicación” (1 Cor. 6:18) está en total contradicción con la práctica moderna.

Fácil de pasar por alto es el escapismo. Muchos evitan el dolor y la angustia con drogas ilegales y aún con las prescritas. Escapar de la realidad por medio de la intoxicación es alto tan antiguo como la historia de Noé (Gén. 9:21). Los adolescentes frecuentemente escapan con el uso excesivo de juegos electrónicos o la incesante navegación por internet (Lewis, 123-36), reemplazando la actividad productiva con la pasividad de ver televisión (Lewis, 28-03), la adicción a todo tipo de deportes, o las horas que pasan recorriendo un mal como pasatiempo. El llamado de Pablo a ser sabio “aprovechando bien el tiempo” (Ef. 5:16) no da en el blanco cuando el cerebro está dominado por las actividades escapistas.

Quizá usted piense que las prácticas despreciables descritas en Deuteronomio 18:9-14 parecen tratar cosas diferentes a las cuatro que he enumerado. Pero creo tanto que la  Escritura como la consideración práctica revelarán que, si no se les presta la debida atención, estas cuatro prácticas nos llevarán en una espiral descendente hasta la bancarrota espiritual y finalmente a la muerte eterna (Ro. 6:23).

Materialismo: el pecado respetable

Disfrutar la recompensa de tu trabajo es admirable. Pero eso también puede degenerar fácilmente en un materialismo peligroso espiritualmente. Por fuera aparente respetabilidad, pero por dentro se convierte en una enfermedad traicionera que crece sin que se note pero con efectos graves. Jesús advirtió puntualmente acerca de “el engaño de las riquezas” (Mat. 13:22) y la manera en la que éste destruye los efectos positivos de la palabra de Dios.

Debemos ser cuidadosos en cuanto a lo que nuestros estilos de vida comunican a nuestros hijos. Debemos intencionalmente enseñarles y demostrarles las palabras de Hebreos 13:5, “Sea vuestro carácter sin avaricia, contentos con lo que tenéis”. Una de las mejores maneras de cumplir esto es permitirles ver cómo generosamente nosotros compartimos con otros las cosas que tenemos. Que nuestros hijos sepan con cuánto contribuimos a la obra de la iglesia y por qué. Involucrarlos en las acciones donde usted provea para las necesidades de los demás. Ayudarlos a desarrollarse como adultos que no atesoran cosas para sí mismo sino que son “rico[s] para con Dios” (Lc. 12:21).

Exhorto a los padres a que se sienten con sus hijos y estudien 1 Tim. 6:6-19. Allí ellos pueden aprender a evitar la codicia y a estar contentos con la satisfacción de sus necesidades. Allí aprenderán de Dios acerca de los inconvenientes de permitir que los bienes materiales se pongan por encima de las relaciones. Y allí aprenderán a no amontonar para sí mismos sino compartir lo que tienen con los que pasan necesidad y así disfrutar la vida que sí es vida.

Hedonismo: ¡Es que es tan divertido!

Es común que un grupo de jóvenes se burlen sin misericordia de un compañero de clase sólo por la risa que eso les produce. Que algo sea agradable no lo hace justificable. Debemos practicar tolerancia cero con este tipo de conducta porque esta se enfrenta a muchos principios dados por Dios, incluyendo “El amor no hace mal al prójimo” (Ro. 13:10). Nuestra cultura está demasiado orientada a la búsqueda del placer. Con ese énfasis en la rumba nos parecemos a aquellos que Pedro describía cuando dijo, “que tienen por delicia el gozar de deleites cada día” (2 Pe. 2:13).

Siempre se ha concluido que la caída de Roma se debió a que su gente estaba tan enamorada del placer y de la atmósfera del circo del Coliseo que se olvidaban a de sus responsabilidades (Jones, 316). Proverbios 21:17 insiste en que el “Hombre necesitado será el que ama el deleite… no se enriquecerá”. Jesús enseñó que quienes “son ahogados por los afanes y las riquezas y los placeres de la vida” no madurarán (Lc. 8:14). Si nuestra juventud debe convertirse en siervos de Dios productivos, debemos ayudarlos a anhelar metas más altas que la persecución del placer.

La inmoralidad sexual: el pecado personal

Nuestros hijos están siendo alimentados con mentiras de parte de aquellos que “se disfraza[n] como ángel de luz” (2 Cor. 11:14). Una mentira que ha sido repetida por muchos años es que Jesús no llamó al sexo antes del matrimonio algo pecaminoso sino que simplemente son los celosos moralistas de la iglesia los que lo condenan. En Mat. 15:19-20, Jesús dice, “Porque del corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las que contaminan al hombre…” La palabra que utilizó Jesús y que se traduce “fornicaciones” es la palabra griega porneía, la cual por definición incluye el sexo antes de matrimonio (Tenney, 601).

Otra mentira es que el sexo premarital no hace daño a nadie. Pero Dios advierte que el sexo ilícito es el único pecado que se comete contra el propio cuerpo (1 Cor. 6:18), y nos dice que cuando tenemos sexo con alguien, aun con una prostituta, nos hacemos un solo cuerpo con esa persona (1 Cor. 6:16). Esa intimidad está reservada únicamente para el matrimonio (Gén. 2:24; Ef. 5:31).

La pornografía ha alcanzado límites epidémicos (“adicción”). Debemos asistir con ayuda a  nuestros jóvenes en la batalla contra este destructivo mal. Esta se incluye en cada pasaje que condena la inmoralidad sexual (por ejemplo, 1 Cor. 6:9) y está señalada en la prohibición de Jesús acerca de la “codicia” (Mat. 5:27-28). Es adictiva (Irons, 7-21) y distorsionará el enfoque sexual de una persona de manera que la intimidad marital ordenada por Dios se hará difícil o hasta imposible.

Escapismo: el pecado de perder la vida

Voy a tratar este asunto muy brevemente. Deberíamos preocuparnos cuando nuestros hijos tienden a pasar mucho tiempo fuera en actividades no productivas que ningún beneficio traen. Pablo nos advierte en contra de la ociosidad (1 Tes. 5:14) y sugirió que se puede convertir en un hábito destructivo (1 Tes. 5:13). Nuestros hijos deberían ocuparse en ayudar con las necesidades y no sólo por su propio mundo interior (Filp. 2:4) y vivir sabiamente, aprovechando bien cada oportunidad (Col. 4:5)

¿CUÁN CAUTELOSOS DEBEMOS SER CUANDO ENTRENAMOS A NUESTROS HIJOS?
El profeta de Dios ya había reiterado el Decálogo entregado en el Sinaí por medio de la voz (Deut. 5:1-22). Les había dado el más grande de todos los mandamientos (Deut. 6:4; Mat. 22:37-38). Primero, ellos tenían los mandamientos de Dios en sus corazones y debían inculcarlos en sus hijos en cada paso de la vida (Deut. 6:4-9).

En Deuteronomio 18:9-14 él insiste en que ellos debían tomar medidas para evitar algunas prácticas despreciables específicas que prevalecían en la tierra prometida. Nosotros igualmente debemos identifica claramente y confrontar las influencias negativas que puedan devastar las vidas espirituales de nuestros hijos. Eli, el sacerdote, veía que sus hijos estaban haciendo mal pero Dios dice que “él no los ha estorbado” (1 Sam. 3:13). David sabía que su hijo, Adonías, estaba viviendo pecaminosamente pero nunca lo malhumoró preguntándole por lo menos: “¿Por qué haces así?” (1 Re. 1:6). Ellos sabían que sus hijos andaban terriblemente descarriados pero no hicieron algo para detenerlos. Es nuestro deber implementar la disciplina necesaria para eliminar estas prácticas de las vidas de nuestros hijos. Dios espera que refrenemos a nuestros hijos y aun que los estorbemos cuando algo que influye en ellos lo está haciendo peligrosamente. Es cierto que vivimos bajo la gracia, pero también lo es que recibiremos “mayor condenación” según las condiciones del Nuevo Pacto.

CONCLUSIÓN


Aquí está nuestro más grande desafío como padres—no se trata simplemente de proveer para las necesidades físicas y educativas de nuestros hijos, sino también entrenarles para vivir bajo la gracia de Dios donde ellos reciban la fuerza para vivir glorificando a Aquel que los creó. 


OBRAS CITADAS
“Addiction to porn destroying lives, Senate told: Experts compare effect on brain to that of heroin or crack cocaine.” Associated Press. 19 Nov. 2004. < http://www.msnbc.msn.com/ id/6525520/>. 29 Sept. 2006.

Irons, Richard, and Jennifer Schneider. “Differential Diagnosis of Addictive Sexual Disorders Using the DSM IV.” Sexual Addiction & Compulsivity, Vol. 3. 1996

Jones, A. H. M. “The later Roman Empire, 284-602.” Doctrina Jacobi nuper baptizati, 634 AD. Baltimore: John Hopkins, 1986.

Lewis, David, and Carley Dodd. Hooked on Hollywood. Nashville: Gaylor Multi-Media, 1996.


Pfeiffer, Charles F. Baker’s Bible Atlas. Grand Rapids: Baker, 1961. Tenney, Merrill C. Pictorial Dictionary of the Bible, Vol. 2. Grand Rapids: Zondervan, 1980.

domingo, 21 de febrero de 2016

¿Tienen los psíquicos "poderes reales"?

El título de esta lección parece estar en tensión con el texto bíblico. En primer lugar la pregunta no solamente pareciera ser “¿tienen poderes reales?” sino también, “¿Quiénes son estas personas que afirman tener estos poderes?” Así que, ¿cómo nos movemos de las implicaciones del texto al enfoque del título? Creo que nos movemos a través del entendimiento de por qué estas personas y sus prácticas eran una amenaza para la voluntad de Dios. Israel creía en sus poderes y por eso los usaban, pero ¿por qué?

En esta lección usaré la palabra “psíquico” para indicar más que sólo un lector de cartas del Tarot y bolas de cristal, sino a todos los que afirman una asociación con lo sobrenatural y las prácticas de la necromancia, brujería, y las llamadas “artes oscuras”.

DESEMPACANDO EL TEXTO

En Deuteronomio 18:9-14 Dios instruyó a Israel a no asociarse con los distintos tipos de prácticas sobrenaturales comunes entre los canaaneos. El texto está entre otros dos, 18:1-8 y 18:15-22, los cuales indican que la voluntad de Dios solamente debe discernirse por medio de los sacerdotes y profetas (Brown, 185). Deuteronomio 18:9-14 es el último de tres “códigos”, los primeros dos aparecen  en 17:14-20 y 18:1-8, para aquellos que representarán a Dios ante el pueblo y su conducta. En esos “códigos” se dan denuncias e instrucciones similares, pero en nuestro pasaje la denuncia consiste de una lista que no se encuentra en ninguna otra parte (Harper, 583-584).

La lista es una interesante variedad entre adivinaciones, necromancia y espiritismo encontrados dentro del  antiguo Oriente Medio y que representan lo que Dios llamó “abominaciones” y que eran violaciones de mandamientos tales como el de Levítico 20:27 (Pigoff, 435). El primero en la lista es el acto de hacer que sus hijos e hijas “pasaran por fuego”. Robert Alter escribe que no es claro si esto era un sacrificio de los hijos o un rito de dedicatoria pagano donde el niño era pasado brevemente por el fuego o sobre fuego con poco o ningún daño físico (Alter, 969). Sin embargo, sabemos de la muerte de niños en sacrificios a Moloc y tanto 2 Reyes 23:10 como Jeremías 32:35 usan la frase “pasar por el fuego”. Entonces, creo que es seguro asumir que esta “abominación” involucraba la muerte de los niños.

El término “hechicería” no es claro. Se puede referir a dibujar la suerte como método de adivinación (Maclaren, 18) o a alguien que es un “lector de encantos” (Alter, 969). Un ejemplo en la Escritura es la adivina de Endor (1 Sam. 28:7-10). Los términos “adivino” y “agorero” también son oscuros, pero pueden referirse a adivinar por medio de líquidos, tal como la copa de adivinación de José (Maclaren, 18-19). Los términos “hechicero” y “encantador” son similares y también pueden referirse a “magos”, “un hacedor de encantamientos” y/o “alguien que hace encantamientos o provee protección mágica contra otro”. Los últimos tres términos también son similares en su alcance (Maclaren, 19) y claramente se refieren a la necromancia (Alter, 969), lo cual es el uso de los espíritus de los muertos para revelar e influir en el futuro.

LA ABOMINACIÓN DE ESAS PRÁCTICAS

Israel tenía problemas con su lealtad. El mandamiento de Dios para ellos era “mantenerse sin mancha delante del Señor su Dios” y esto entraba en contraste con esas prácticas. Una de las expresiones más descaradas de la rebeldía e ignorancia de Israel fue el buscar ayuda de otras fuentes aparte de Dios. En  Israel había tres voces de Dios para el pueblo: los reyes, los sacerdotes y los profetas (Harper, 583). Ellos no dejaban de buscar el consejo “divino” pero lo buscaban entre lo que Dios llama “abominaciones”. Se contradecían porque “no se podía tener un amor perfecto a Dios y comunión con Él” si uno “está traficando con el diablo” (Alexander, 314). Sus vecinos tenían una gran confianza en las “artes oscuras”, consultando brujas y adivinos, así que Israel también tomó ese camino (Brown, 184). Así que, Deuteronomio 18:9-14 no solamente representa la advertencia de Dios contra esas prácticas, sino que también representa una de las muchas maneras en las cuales Israel violó los mandamientos de Dios.

Quizá el ejemplo bíblico más famoso de consultar lo prohibido está en 1 Samuel 28 cuando Saúl visitó a la adivina en Endor. El término “médium” (“espíritu de adivinación” en el RV60) se deriva del original ob, y usualmente se refiere a una “bruja” o “adivina”, una practicando de algún tipo de adivinación o necromancia. El relato se divide en cuatro partes: (1) El silencio de Dios contra Saúl, el acto de separar a Saúl del contacto con Dios (1 Sam. 28:3-7); (2) la sesión espiritista con la adivina, sus resultados, y las implicaciones del ocultamiento y la maldad (28:8-14); (3) el mensaje oscuro de Samuel para Saúl, las implicaciones de la desobediencia de Saúl, y el castigo de Dios (28:15-19); y (4) el relato del último alimento de Saúl, una ofrenda en sacrificio de parte de la adivina y el indicio simbólico de la inminente muerte de Saúl (28:20-25).

Es muy fácil ver esta narración como una afectación provocada por la abominación de la adivinación y la obra de una médium o intérprete de los muertos en una ciudad de Israel­—en este caso, con el rey mismo. Sin embargo, la historia emerge como una ironía pues tanto la adivina como el rey son presentados negativamente. La adivina era, por supuesto, una practicando de lo prohibido (comp. Lev. 19:31; 20:27), pero también lo era Saúl, quien había puesto una prohibición contra esas cosas (1 Sam. 28:9). Aunque la idea de ir a una “adivina” es una abominación, lo que Saúl hizo también fue una abominación y se cuenta como un ejemplo de la fascinación de Israel con lo que Dios condena.

ESAS “ABOMINACIONES” HOY

Una vez más, la pregunta que debemos hacernos no es solamente si los “psíquicos” tienen poderes reales sino ¿por qué la atracción hacia lo “psíquico” es tan poderosa? Ciertamente, los ejemplos abundan. Sir Arthur Conan Doyle, creador de “Sherlock Holmes”, estaba fascinado con la necromancia, y frecuentemente participaba de sesiones espiritistas. Harry Houdini, el ilusionista y artista del escape de la primera parte del Siglo Veinte, estuvo involucrado en el espiritismo en los últimos trece años de su vida. Los diarios están llenos con historias de lo sobrenatural y millones de personas leen sus indignantes afirmaciones. El cable y la televisión satelital presentan documentales y series acerca de casas embrujadas, la presencia de fantasmas y otros casos de asuntos sobrenaturales.
¿Acaso estamos fascinados con la repetición de Samantha en Mi Genio Favorita, o el creciente poder mágico de Harry Potter y sus amigos, las hazañas de Merlin como consejero del rey Arturo, o la magia de la trilogía del Señor de los Anillos? ¿Estamos violando Deuteronomio 18:9-14     cuando miramos y disfrutamos estas cosas? No lo creo, siempre que hemos estado conscientes de que lo mágico solamente existe en un mundo de fantasía y en la vívida imaginación, y que nada tiene que ver con la realidad. ¿Qué niño no ha crecido jugando a imitar a sus superhéroes e imitando sus poderes sobrenaturales?

Nuestra inquietud debe centrarse en las afirmaciones en el mundo real acerca de la lectura de cartas del Tarot, lecturas de las manos, y los que prometen fortunas por estos medios. Ni siquiera necesitamos mencionar el peligro y las prácticas antibíblicas de la Wicca, la versión moderna de la brujería, y otras organizaciones de magia y necromancia. Su existencia es un rechazo de los mandamientos de Dios (comp. Gál. 5:20). Ellos están en la misma categoría que las prácticas de Jezabel (2 Re. 9:22) y de la rebelde Judá (Miq. 5:2). Están condenados como Nahún condenó a Nínive como “amante de hechicerías” (Nah. 3:4). Afirman tener poderes que no tienen ahora ni tendrán jamás. Si “está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Heb. 9:27), ¿cómo puede alguien afirmar que es capaz de manipular el mundo de los muertos? Aquellos que afirman tener poder sobre la tumba y su contenido, y quienes suponen tener poderes sobrenaturales, violan la omnisciencia y omnipotencia del soberano Dios del cielo, pues estas cosas pertenecen a su sola potestad.

CONCLUSIÓN

He puesto una clara línea de separación entre la descripción de lo mágico y sobrenatural en la televisión y lo que reside en las afirmaciones y prácticas oscuras de los sacerdotes de la Wicca, de los médium, y otros practicantes de la necromancia y la magia oscura. El primero simplemente describe algo fantasioso y de la imaginación, mientras que el segundo clama poderes en la realidad.

¿Tienen “poderes reales” los psíquicos? Sí, lo tienen en el sentido de la fascinación que han logrado de parte de la sociedad moderna. Tienen el poder de convencer a los escépticos, y cínicos para que acudan a sus webs de engaño y fraude. Tienen el poder de reemplazar el poder de la madurez y el sentido común con un movimiento de la mano y una apuesta a la suerte. Su más grande error es el mismo expuesto en Deuteronomio 18:9-14, pues ellos sitúan a Dios como alguien que está después de ellos, o aun peor. Cuando la fe en la omnisciencia y omnipotencia de Dios debería ser suficiente, ellos animan a la gente a mirar el movimiento de sus manos con las cartas o al humo de sus tabacos, o a su bola de cristal o cualquier otro medio que cuenten para “leer” la suerte. Los “psíquicos” no tienen poder real en cuanto a poder manipular el mundo espiritual o influir en los pasos del futuro. Ellos son como la adivina de Endor quien lucraba por engañar. Ellos juegan con las emociones, los temores y la credulidad de una sociedad sin fe e ignorante.

Así que mire a Samantha hacer magia con su nariz en Mi Genio Favorita, y a las destrezas de Merlín o a la magia adolescente de Harry Potter y sus amigos. Nuestra preocupación debería empezar únicamente cuando ellos afirmen que eso es real. Tal es el caso con los participantes de Wicca y los médiums con sus sesiones de espiritismo, porque eso sí es peligro y abominación. Ellos practican lo que Dios condena y lo que solamente es prerrogativa de Dios hacer. Ellos mienten y estafan, y así engañan a los ingenuos y sin fe para involucrarse en su impiedad.

Obras Citadas

Alexander, W. L. Deuteronomy.The Pulpit Commentary. Vol. 3. Ed. H.D.M. Spence. New York: Funk and Wagnalls, 1950.

Alter, Robert. The Five Books of Moses. New York: Norton, 2004.

Brown, Raymond. The Message of Deuteronomy. Downers Grove: InterVarsity, 1993.

Harper, Andrew. “The Book of Deuteronomy.” The Expositor’s Bible. Vol. 1. Ed. W. Robertson Nicoll. Grand Rapids: Eerdmans, 1947.

Maclaren, Alexander. Expositions of Holy Scripture. Vol. 1. Grand Rapids: Eerdmans, 1952.


Pigoff, Susan M. “I Samuel 28: Saul and the Not So Wicked Witch of Endor.” Review and Expositor. 95 (1998): 435-44.

domingo, 31 de enero de 2016

La Soberanía de Dios

Webster define soberanía así: “supremacía en poder; superior en posición a todos los demás”. Una mejor definición para nosotros podría ser que la soberanía de Dios es “el control supremo basado en su naturaleza y su voluntad”. La Biblia está constantemente recordándonos la soberanía de Dios. “Las cosas secretas pertenecen al Señor nuestro Dios, mas las cosas reveladas nos pertenecen a nosotros y a nuestros hijos para siempre, a fin de que guardemos todas las palabras de esta ley” (Deut. 29:29). “¡Oh, profundidad de las riquezas y de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!” (Ro. 11:33). Todas las cosas están bajo el gobierno y control de Dios, y nada sucede en este universo sin su dirección o permiso. Él es un Dios que hace, no solo algunas cosas, sino todas las cosas según el consejo de su voluntad (Ef. 1:11). El propósito de Dios es todo-inclusivo y nunca es frustrado (Isa. 46:11). Nada toma a nuestro Dios por sorpresa.

DEUTERONOMIO ES UN LIBRO ACERCA DE LA SOBERANÍA DE DIOS

El libro de Deuteronomio es una predicación de esta poderosa verdad para  Israel y para nosotros (comp. Ro. 15:4; 1  Cor. 10:6, 10). Deuteronomio es la guía y el resto de la Biblia continúa con esta poderosa doctrina.

·         Deuteronomio enseña que Dios es soberano sobre el universo entero (Deut. 4:39; 10:14, 17; comp. Sal. 103:19; Ro. 8:28; Ef. 1:11).

·         Dios es soberano sobre toda la naturaleza (Deut. 7:12-16; 11:3-4; 13-17; Sal. 135:6-7; Mat. 5:45; 6:25-30).

·         Dios es soberano sobre los ídolos, los ángeles y sobre Satanás (Deut. 5:14, 15; 18:9-14; Sal. 103:20-21; Job 1:12).

·         Dios es soberano sobre las naciones (Deut. 2:9-9-25; 20:1-4; 30-37; 32:8, 39-43; Sal. 47:7-9; Dan. 2:20-21; 4:34-35).

·         Dios es soberano sobre los seres humanos (Deut. 1:6-8, 17, 35; 1 Sam. 2:6-7; Gál. 1:15-16).

·         Dios es soberano sobre los animales (Deut. 7:12-16; Deut. 28-34; Sal. 104:21-30; 1 Re. 17:4-6).

·         Dios es soberano sobre los procesos naturales y los accidentes (Deut. 8:3-4, 18; Prov. 16:33; Mat. 10:29; Jn. 1:7).

·         Dios es soberano sobre los actos libres de los hombres (Duet. 1:6-8; 4:25-31; 10:22; 19:8-10; 25:13-18; Éx. 3:21; 12:25-36; Ez. 7:27).

·         Dios es soberano sobre los actos pecaminosos y malvados de los hombres (Gén. 45:5; 50:20; Deut. 1:35-39; 2:30-35; 3:21-22; 4:25-31; 7:1-5; 2 Sam. 24:1; 1 Crón. 21:1).

·         Dios es soberano sobre los verdaderos y sobre los falsos profetas (Deut. 18:15-22).

En la conclusión de Deuteronomio (cap. 28-34), Moisés nuevamente explica que Dios es soberano sobre cada una de las categorías de la lista anterior.



SOBERANÍA, ATEÍSMO Y CALVINISMO

El punto de vista bíblico en cuanto a la soberanía de Dios está en desacuerdo con el ateísmo y con el calvinismo. El ateo cree que la existencia del pecado y el sufrimiento humano hace imposible que exista ese Dios de la Biblia que es infinito en bondad y poder. Ellos creen que  Dios tiene deficiencia en bondad o en poder y que por eso existe el mal. Aceptar esto negaría la soberanía de Dios y por consiguiente su existencia.

El punto de vista calvinista es cercano al punto de vista ateo. “Decir que Cristo murió por todos sin excepción y sin embargo admitir que solamente unos cuantos son salvos parecería acusar a Dios de injusticia o que los sufrimientos de Cristo no fueron suficientes para lograr liberación por medio de ellos, o insinuar una deficiencia de poder, o de buena voluntad, para procesar su propósito de perfección… la voluntad es esa facultad del alma por medio de la cual elegimos libremente o rechazamos cosas. Es la naturaleza de la voluntad hacer libremente lo que esta desea. (Pero) es incapaz, hasta que sea cambiada por la gracia, a moverse por sí misma hacia Dios; y la voluntad que es buena, lo es por la gracia; nuestro ser es libre para cometer actos pecaminosos, pero atado en cuanto a hacer buenas obras, hasta que es liberado por Cristo (Sal. 110:3; Jn. 8:36; Jn. 15:5; Filp. 2:13). (Cruden, citado en “La Soberanía Indisputable de Dios”).

La creencia calvinista de que los hombres no son libres sino que están determinados por Dios juega un papel similar al que juega el ateo (comp. Flew, 9, 10). Este punto de vista hace que Dios sea un monstruo que creó a los hombres sin libertad y luego los castiga eternamente por sus pecados.

DIOS TIENE LA CAPACIDAD DE CONOCER LO QUE EL HOMBRE LIBREMENTE ELEGIRÁ HACER

Asombrosamente, la libertad del hombre es la base de la respuesta tanto para el calvinismo como para el ateísmo. Dios tiene la capacidad para saber lo que el hombre libremente decidirá hacer. El ateo debe aceptar esto basado en la definición de Dios. Esta clase de conocimiento ha sido un problema para los calvinistas y también para algunos de nuestros hermanos. T. W. Brents creía que Dios limitaba su pre conocimiento para no poder conocer si los hombres van a pecar (96). Si Dios limitara su pre conocimiento, entonces Él estaría limitado en todos sus demás atributos. Él no sería Dios; no sería soberano. James D. Bales reunió una lista de dieciocho atributos que la humanidad no perdió en La Caída (20-21). Muchos de estos atributos son importantes para nuestra discusión porque ellos demuestran que la soberanía y el pre conocimiento de Dios no mitigan la libertad y la responsabilidad del hombre. Aun después que el pecado entró al mundo, el hombre era consciente de sí mismo, de otros, de Dios, y del mundo externo (Gén. 3:7-10). El hombre aún era un ser responsable, antes y después (Gén. 2:16-17; 3:9-19). El hombre aún estaba bajo la ley de Dios (Gén. 2:16; 3:2, 11, 15-17). El hombre aún creía en Dios y estaba en comunicación con Él después que pecó (Gén. 2:16, 18; 3:8-19). Dios apeló a la mente del hombre tanto antes como después de La Caída (2:15-16; 3:8-19). Estos pasajes prueban que el pecado y la caída del hombre  no niegan la libertad humana o la soberanía y el pre conocimiento de Dios.


LECCIONES PARA APRENDER: EL PELIGRO DE NEGAR LA SOBERANÍA DE DIOS

Moisés, Josué y los otros 11 espías demostraron los peligros de entender o no entender  el significado de la soberanía de Dios.

(1) Moisés golpeó la roca en lugar de hablarle (Núm. 20:11-13). Dios describe su pecado, “porque me fuisteis infieles… porque no me santificasteis en medio de los hijos de Israel” (Deut, 32:48-52). El pecado de Moisés demostró que por un breve momento él desechó la soberanía de Dios y actuó según sus propios impulsos. Los diez espías, después de ser testigos de la soberanía y del poder de Dios en las Diez Plagas y en los milagros que los liberaron de Egipto, fracasaron en entender la soberanía de Jehová sobre los elementos del desierto y sobre todas las demás naciones en Palestina. ¿Cuán importante es la verdad de Dios para nuestras vidas? A Moisés no se le permitió entrar a la tierra prometida y toda una generación de los hijos de Israel que fue liberada por Dios de la esclavitud murió en el desierto de Cades-Barnea.

(2) Moisés y Josué fueron grandemente bendecidos por creer en la soberanía de Dios. A Moisés se le permitió a los ochenta años de edad dirigir al pueblo de Israel fuera de Egipto. Aunque él era tímido y cobarde, Dios lo usó como uno de los líderes más poderosos de todos los tiempos y luego lo usó para registrar el Pentateuco. Josué fue bendecido luego de que animara a Israel a confiar en la soberanía de Dios para tomar posesión de la tierra. Él y Caleb fueron los únicos dos hombres que Dios permitió que disfrutaran la tierra prometida una generación después. Josué capítulo 1 y el 23 nos revelan la maravillosa confianza de Josué en la soberanía de Dios y en la ayuda y ánimo que Dios le dio durante toda su vida.

(3) Pablo, en Romanos 8:28, nos recuerda esta gran verdad acerca de nuestro Dios. Todas las cosas no son buenas; todas las cosas no ayudan a bien; pero todas las cosas cooperan para bien si amamos, confiamos y obedecemos a Dios —creyendo en su soberanía.

Thomas Warren enseñó estas verdades cuando se dedicó a estudiar temas bíblicos difíciles. Él nos recuerda que este mundo es de Dios; nosotros no lo hicimos, no somos responsables de su mantenimiento, y no decidiremos su destino. Nuestra responsabilidad es simplemente estudiar y obedecer y entonces confiar en Dios. Él nos expone los tres aspectos de la voluntad de Dios. Dios tuvo una voluntad ideal —Él no quiere que ninguno se pierda (2 Pe. 3:9). Los hombres han fallado a la voluntad ideal de Dios pecando. Dios tiene una voluntad circunstancial/condicional —Él nos ha provisto de una manera para salvarnos de nuestros pecados (Jn. 3:16; Mr. 16:15-16). Nosotros podemos fallar a la voluntad condicional de Dios si rehusamos creer en Cristo. Pero la voluntad final de Dios es castigar a los malvados y recompensar a los justos (Mat. 25:31-46; 2 Tes. 1:7-9). Nadie puede fallarle a la voluntad final de Dios. Dios es soberano.

Obras Citadas

Bales, James D. Genesis.The Living Messages of the Old Testament.

Ed. Garland Elkins and Thomas B. Warren. Jonesboro: National Christian, 1977.

Brents, T. W. The Gospel Plan of Salvation. Nashville, Gospel Advocate, 1957.

Flew, Anthony. God & Philosophy. New York: Dell, 1966. “God’s Indisputable Sovereignty.” 
<http://www.the-highway.com/God%27s_ Indisputable_ Sovereignty.html> Sept. 2006.

Weatherhead, Leslie D. The Will of God. Nashville: Abingdon, 1972.

La Guerra Santa según la Biblia

Después de cuatro décadas como nómadas y del fallecimiento de una generación incrédula, una nueva generación de israelitas se encontraba de pie al oeste del Jordán esperando por entrar a su tan anhelado nuevo hogar. Con las palabras divinamente inspiradas de Deuteronomio, Moisés los preparó para ser el pueblo que Dios se propuso que fueran en el lugar que Él había prometido a sus ancestros.
Sin embargo, esas tierras ya estaban ocupadas por naciones más numerosas y poderosas (Deut. 7:1) además de otros poderes regionales que mantenían su mirada atenta a este cruce estratégico continental. El conflicto era inevitable. No se extrañe que Deuteronomio 20 inicie así, “Cuando salgas a la batalla contra tus enemigos…”

DEUTERONOMIO 20

El recurso humano

Israel se involucraría en la guerra con instrucciones, ayudas y garantías divinas (Deut. 20:1-4). Dios los conduciría a la victoria sobre sus distantes adversarios y sobre las ciudades de la tierra prometida (Deut. 20:13, 14, 16). El sacerdote apelaría al coraje de las tropas con palabras de fe, resaltando la naturaleza sagrada de las invasiones (Deut. 20:2-4).

Mucho antes, Moisés había asegurado a sus temerosos compatriotas, “El Señor peleará por vosotros mientras vosotros os quedáis callados” (Éx. 14:14). El mismo mar que se abrió como una puerta de libertad para los israelitas se cerró como una tumba de agua sobre el ejército egipcio. La canción que surgió por este motivo proclamaba, “Canto al Señor porque ha triunfado gloriosamente; al caballo y a su jinete ha arrojado al mar… El Señor es fuerte guerrero; el Señor es su nombre” (Éx. 15:1, 3). Cuando estos peregrinos estaban muy cansados y débiles en la subsiguiente travesía, fueron atacados. Esta vez se eligieron hombres entre todo Israel para responder activamente en batalla. Mientras Moisés sostenía en alto sus manos, ellos derrotaban a los amalecitas con la espada. El Señor prometió borrar la memoria de Amalec y que haría guerra contra ellos de generación en generación (Éx. 17:14-16). Dios exhortó a Israel a no olvidar la crueldad de los amalecitas (Deut. 25:17-19).

La nueva generación de israelitas ya había conocido la victoria en los enfrentamientos contra Sehón y Og, obstinados reyes de los amorreos y de Basán (Núm. 21:21-35). Los recordatorios de aquellos triunfos concedidos por Dios avivaban el fuego inspirador de Moisés en Deuteronomio (1:4; 2; 3; 29:7-8; 31:4). Israel necesitaba no temer, “porque el Señor vuestro Dios es el que va con vosotros, para pelear por vosotros contra vuestros enemigos, para salvaros” (Deut. 20:4).

Dios prometió guiar a los israelitas en sus batallas, pero no todo hombre prestaría servicio militar (Deut. 20:5-8). Los propietarios de una nueva viña, los propietarios de una casa nueva y los recién casados (comp. Deut. 24:5) estaban exonerados. Dios pretendía asegurar la tierra para su pueblo de manera que estos pudieran servirle sosegadamente, disfrutando aquella normalidad que estos hombres estaban a punto de comenzar a experimentar. Ni Dios quería a los cobardes que pudieran contagiar a sus filas (Deut. 20:9). “Prácticamente esta excepción podía ser utilizada por cualquier soldado que no quisiera pelear, de modo que sólo la propia conciencia, el coraje y especialmente la fe podían impulsarlo a uno a enrolarse en las campañas de la milicia de Israel (Woods, 256).

Estrategias

Dios ordenó la diplomacia como “Plan A” cuando se acercaran a las puertas de las ciudades distantes. Los términos de paz aceptados resultarían en servidumbre de éstas hacia los israelitas. Contra las ciudades que se resistieran, Dios orquestaría un asedio israelita victorioso. Todos sus varones debían morir a espada mientras que todos y todo lo demás quedaría como botín para Israel (Deut. 20:10-15).

La negociación no formaba parte del plan de Dios para conquistar la tierra prometida. “Pero en las ciudades de estos pueblos que el Señor tu Dios te da en heredad, no dejarás con vida nada que respire, sino que los destruirás por completo…” (Deut. 20:16-17). Una instrucción previa ordenaba estrictamente, “No harás alianza con ellos ni te apiadarás de ellos” (Deut. 7:2; comp. 7:16). ¿Por qué? Primeramente, esto no solamente eran enemigos de Israel, sino enemigos de Dios. Su carácter depravado había rebasado el límite de la tolerancia (Gén. 15:16; Deut. 9:5). Segundo, la táctica era profiláctica, “para que ellos no os enseñen a imitar todas las abominaciones que ellos han hecho con sus dioses y no pequéis contra el Señor vuestro Dios” (Deut. 20:18).

Aun cuando estos enemigos iban a sentir toda la potencia del juicio de Dios por medio de los israelitas, los árboles que proveyeran alimento en sus alrededores debían ser protegidos (Deut. 20:19-20). Dios cuidaba la tierra (Deut. 11:11-12). Otras regulaciones militares específicas tenían el objeto de regular el trato hacia las prisioneras (Deut. 21:10-14) y con respecto a la higiene y santidad del campamento (Deut. 23:9-14).

Atrocidad y Genocidio

Muchos con una mentalidad moderna quedan en shock al percibir la atrocidad ordenada en  Deuteronomio 20. No dejar con vida nada que respire, sino “que los destruirás por completo” (tanto mujeres como niños y aun los animales) hoy día recibe el nombre abominable de “genocidio”. La palabra hebrea es herem, y muchos eruditos bíblicos la llaman “la proscripción”. El herem enviaba un mensaje alto y claro acerca de la santidad de Dios y del pecado humano. El herem no era ordenado arbitrariamente sino que se enfocaba en las sociedades extremadamente pecaminosas con las cuales Dios había mostrado mucha paciencia.

Las personas no serían destruidas por causa de su raza. Aunque Deuteronomio 20 contempla a Israel como el brazo de la justicia de Dios contra otras naciones, Dios también ordenó que Israel volviera su espada contra sus propias ciudades y sus ciudadanos  si éstos se convertían en idólatras (Deut. 13:12-18; 17:2-7). Dios pelearía a favor o en contra de Israel (Deut. 28:7, 25). Su bendición requería obediencia de parte de ellos.

La subsiguiente historia del Antiguo Testamento muestra que Israel fue errático en llevar a cabo el juicio de Dios tal como se les había instruido. Este fracaso dejó a Israel vulnerable a las influencias paganas de las cuales Dios quería mantenerlos alejados. Ellos se volvieron como las ciudades que continuaban a su alrededor y eventualmente se dividieron. Los dos reinos titubearon por largo tiempo, pero la infatuación con la religión falsa que los rodeaba condujo a la caída tanto del uno como del otro, tal como Dios les había advertido. Ellos habían perdido su admiración por Dios.


¿QUÉ HA CAMBIADO?

Dentro de esta ley reiterada (Deut. 1:5) y pacto reconfirmado (Deut. 29:1), Moisés declaró: “Un profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios; a él oiréis” (Deut. 18:15). Ese profeta es Jesús, quien clavó las demandas de la ley de Moisés en la cruz (Col. 2:14) y ahora es Mediador de un Nuevo Pacto (Heb. 9:15). Por esta y otras razones, “el caso para la guerra no puede defenderse utilizando solamente el precedente del Antiguo Testamento” (Rae, 246).

Ninguna nación política de hoy recibe órdenes verbales directamente de parte de Dios para ir a la guerra. Dios ha dicho lo que Él quería decir a los hombres modernos a través de su Hijo Jesús (Heb. 1:2) en la fe entregada una sola vez (Jud. 3). Ni siquiera el Israel del Antiguo Testamento tenía autorización total para hacer guerra. Los infieles israelitas fracasaron en pelear cuando Dios se los ordenó (Deut. 1:19-33) y fueron derrotados en batalla cuando actuaron en contra de las instrucciones divinas (Deut. 1:41-46).

“El antiguo Israel era iglesia y estado, un status que no puede ser reclamado por ninguna otra entidad política” (citado por Cowles, 201). Ni los Estados Unidos ni el moderno Estado de Israel, ni alguna otra nación es una verdadera teocracia ni juega un rol especial en el plan de Dios.

En Deuteronomio, la guerra en la cual los israelitas cooperarían con Dios contra los pueblos que ocupaban Palestina tenía objetivos muy específicos: administración de castigo y cumplimiento de promesas. “No es por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón que vas a poseer su tierra, sino que por la maldad de estas naciones el Señor tu Dios las expulsa de delante de ti, para confirmar el pacto que el Señor juró a tus padres Abraham, Isaac y Jacob” (Deut. 9:5). El pueblo de Dios hoy forma una nación santa cuya misión es la proclamación de Su excelencia (1 Pe. 2:9). El reino de nuestro Señor está involucrado en una guerra, pero esa guerra es espiritual y se pelea mediante cosas espirituales (Jn. 18:36; 2 Cor. 10:3-6).

¿QUÉ NO HA CAMBIADO?

Dios no ha cambiado (Mal. 3:6; Stgo. 1:17). El Dios que ama hoy (1 Jn. 4:8) siempre ha sido el  Dios de amor. Él nunca ha sentido placer con la muerte del malo, en cambio siempre esperó mucho para que se arrepintiera (Ez. 33:11). Sin embargo, Él sabe cuándo es tiempo de venganza. Dios fue un guerrero en la historia primitiva de Israel (Ex. 15:3); el Señor está en guerra contra el pecado y sus perpetradores hasta el final de los tiempos (Apo. 19-20). No hagamos pequeño a nuestro altísimo y santo Dios.

El mundo no ha cambiado­­—aún necesitamos un gobierno civil que empuñe la espada. Aunque aniquilar pueblos completos como lo hacia Israel hoy sería presunción, hacer lo que es necesario para luchar contra las agresiones de los malvados y aplicar la venganza adecuada aún son tarea que Dios ha entregado el gobierno (Jn. 19:10-11; Hch. 25:11; Ro. 13:1, 4).

La guerra no es un mal intrínseco, aunque siempre es trágica desde una perspectiva u otra. La vida humana siempre ha sido sagrada (Gén. 1:26-27; 9:6). Aquellos que se atrevan a jugar con la vida de otros serán condenados para siempre (Gén. 4:10; Deut. 5:17; Apo. 21:8) pero el Antiguo Testamento autorizaba la actividad letal que se dirigía apropiadamente a las ofensas graves. La guerra nunca fue meramente una concesión divina para la crueldad humana. Dios dirigió a su pueblo en la guerra, y la fe de muchos que conquistaron reinos, hicieron justicia, se hicieron poderosos en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros era ejemplar (Heb. 11:33-34).

Ningún cristiano tiene el permiso de Dios para ser su propio vengador (Ro. 12:17-21). Pero él o ella puede elegir servir a Dios como un agente autorizado del gobierno, un ministro que promueva el bien y que lleve la ira de Dios sobre los malhechores (Ro. 13:4). Pablo hacía ilustraciones igual con un soldado que con un atleta o un agricultor (2 Tim. 2:3-6). ¿Puede imaginarse al Señor titulándose a Sí mismo un “guerrero” pero siendo esto algo pecaminoso? El Nuevo Testamento no ofrece ninguna instrucción explícita en cuanto a que la fe y el arrepentimiento de un agente gubernamental demande que éste abandone su trabajo, sino que lo ejerza con el más grande reconocimiento de responsabilidad hacia Dios y los demás (Lc. 3:14; 7:2-9; 19:8-10; Hch. 10; 16:27-34). Los hijos de Dios verdaderamente son ciudadanos de doble status (Filp. 3:20; Hch. 22:27-29). Por supuesto que, cuando el servicio a Dios y el servicio al Estado entran en conflicto, la única elección del cristiano es clara (Hch. 5:29).

CONCLUSIÓN

La Biblia no sustenta ningún extremo, ni el activismo a favor de la guerra ni el pacifismo radical pero señala hacia el “selectivismo” juicioso (Anderson, 210). “Cada guerra particular debe ser juzgada en cuanto a su justicia por los cristianos quienes “los cuales por la práctica tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal” (Heb. 5:14), (Shelly, 138). Deberíamos preferir, procurar y orar por la paz (Mat. 5:9; Ro. 12:18; 1 Tim. 2:1-6). La paz más ideal para los propósitos de Dios pudiera encontrarse algunas veces en el despertar de un conflicto que ve la justicia forzosamente servida.

Prohibir a un cristiano llevar la espada autorizada por el gobierno, o empujar a alguien que la objeta a conciencia a tomarla son igualmente opciones sin sabiduría. Deuteronomio 20 resalta la obra indispensable que debe hacerse y convocó a los hombres israelitas a hacerla en cooperación con Dios. Sin embargo no se obligaba a nadie a participar. ¿Tendrá Romanos 14 mucho que decir acerca de la inquietud moderna por el tema de la guerra? “Así que procuremos lo que contribuye a la paz y a la edificación mutua” (Ro. 14:19).


Obras Citadas

Anderson, Kerby. Christian Ethics in Plain Language. Nashville: Nelson, 2005.

Cowles, C. S., Eugene Merrill, Daniel Gard and Tremper Longman III. Show Them No Mercy: Four Views on God and Canaanite Genocide. Grand Rapids: Zondervan, 2003.

Lectureship of Harding Graduate School of Religion. Ed. Bill Flatt, Thomas B. Warren, and W. B. West, Jr. Nashville: Gospel Advocate, 1972.

Rae, Scott B. Moral Choices: An Introduction to Ethics. 2nd ed. Grand Rapids: Zondervan, 2000.

Shelly, Rubel. “What The Bible Teaches about War.” What The Bible Teaches. 1972 Bible.

Woods, Clyde M. Leviticus–Numbers–Deuteronomy. Shreveport: Lambert, 1974.

domingo, 22 de noviembre de 2015

La Ética del Castigo Capital ("Pena de Muerte")

Como sucede con la mayoría de los temas éticos, la cuestión de la pena capital es algo controversial. Las emociones se elevan hasta lo más alto al tocar este tema, y la división de opiniones al respecto se extiende aún a los círculos religiosos. Con la creciente influencia de la filosofía carente de Dios del humanismo, con toda su moralidad subjetiva y concepto distorsionado de la justicia y el valor humano, muchos han adoptado una posición antiética con respecto al castigo capital. Como nuestra sociedad continúa convirtiéndose en una sociedad liberal, nosotros continuamos siendo testigos de cómo ante nuestros propios ojos el país se aparta de los principios bíblicos de la moralidad. El tema del castigo capital no es la excepción. Es lamentable percatarse que aun aquellos que afirman tener fe en Dios y en su palabra han negado lo que las Escrituras enseñan al respecto. Acerca de la abolición del castigo capital, Robertson McQuilkin ha observado:

“La mayoría de los principales cuerpos religiosos han pedido oficialmente su abolición. Tomar una vida humana no solamente ofende las sensibilidades liberales (excepto si es un feto o aquellos que aún no tienen un existencia ‘verdaderamente humana’), sino que esto ofende la ética del Nuevo Testamento, según muchos evangélicos” (Robertson McQuilkin, An Introduction to Biblical Ethics, p. 363).

Ciertamente el pueblo de Dios debe estar bien fundamentado en la verdad acerca de esto y los asuntos éticos implicados y defender valientemente la verdad confrontando la digresión moral de nuestra cultura.

Antes de proceder con una consideración de la ética del castigo capital, debemos proporcionar una definición. “El castigo capital puede ser definido como ‘la ejecución de un criminal bajo sentencia de muerte impuesta por una autoridad pública competente’” (John Jefferson Davis, Evangelical Ethics, 1985, p. 193). El origen de la terminología es interesante. “El castigo capital lleva ese nombre debido a que este refleja un método de ejecución por el cual la cabeza (latín caput) era machacada, degollada o mutilada fatalmente” (R. K. Harrison, Encyclopedia of Biblical and Christian Ethics, 1987, p. 48).
Así que queda claro lo que significa castigo capital, ahora la pregunta es: “¿Es correcto o incorrecto, y por cuáles razones?” La pregunta debe responderse, no mediante las emociones subjetivas, la opinión pública, o el consenso de la mayoría, sino que este y todos los asuntos éticos deben ser aclarados por la autoridad final y estándar objetivo de moralidad para todos los hombres — la palabra inspirada de Dios (2 Tim. 3:16-17; Jn. 12:48; Jn. 17:17). Como un cierto número de implicaciones significativas y fundamentales están necesariamente adjuntas al entendimiento que uno tiene de este y demás asuntos relacionados, es crucial que —como en todas las cosas— el tema sea visto a la luz de los principios y preceptos de la palabra de Dios.

EVIDENCIA EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

1. Tan temprano como el cuarto capítulo de Génesis y el caso del primer homicidio, se nos da un vistazo con respecto al tema del castigo capital. Cuando Caín mató a su hermano Abel, Dios le dijo al asesino: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Gén. 4:10). Aun cuando Dios castigó a Caín haciéndolo un fugitivo y errante, el Señor “puso una señal sobre Caín, para que cualquiera que lo hallase no lo matara” (Gén. 4:15). En primer lugar, pareciera que esto prestara apoyo a la noción de que no debe administrarse pena de muerte al asesino, ya que Dios protegió la vida de Caín y administró otro castigo. Sin embargo, debe entenderse que este es un caso único, y la vida de Caín fue protegida bajo circunstancias especiales que incluían la actuación directa de Dios en el asunto. En este párrafo Norman Geisler señala:

“En vista de estas circunstancias especiales, Dios personalmente conmutó la sentencia de muerte de Caín. Dios tiene el derecho de hacerlo porque Él es el Autor de la vida (Deut. 32:39; Job 1:21). Pero aun en la protección de Dios para Caín hay una implicación del castigo capital en la venganza por “siete veces” sobre cualquiera que matare a Caín (Gén. 4:15). Parece que el mismo Caín esperaba la pena capital cuando dijo: ‘y sucederá que cualquiera que me halle me matará’ (v. 14), énfasis añadido.

Así que el contexto nos indica que Caín merecía y esperaba el castigo capital por su crimen,  por lo tanto, bajo un análisis más cuidadoso y “contrario a lo que parece ser en la superficie, este caso se convierte en la ‘excepción’ que prueba la regla” (Norman Geisler, Ethics: Alternatives and Issues, 1989, p. 197).

2. Uno de los pasajes clave para consideración en este estudio es Génesis 9:6. Como la humanidad estaba recibiendo un nuevo comienzo con Noé y su familia después del diluvio, Dios hizo un anuncio solemne y significativo: “El que derrame sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada”. Jehová expone aquí un principio moral obligatorio para todos los hombres, y se pueden observar tres puntos básicos en este pronunciamiento: (1) Cuando un hombre comete un asesinato, éste debe morir; (2) el asesino debe morir a manos de otro hombre y (3) la razón por la cual debe morir es porque él ha tomado una vida hecha a la imagen de Dios.

El último de estos tres puntos difícilmente podríamos sobrevalorarlo. Ya que el hombre fue hecho a la imagen espiritual y moral de Dios, hay un sentido en el cual tomar una vida humana puede considerarse como una ofensa contra Dios mismo, en tanto que asesinar a un hombre es asesinar a alguien que es la imagen misma de Dios. El hecho de que el hombre está hecho a la imagen de Dios es lo que le da a la vida humana ese valor y santidad intrínsecos por lo que tomar una vida es considerado por Dios como una grave ofensa que debe pagarse quitándole la vida al asesino. Así que, la necesidad del castigo capital está fundamentada en la naturaleza del hombre.

Además, una apropiada consideración de la razón explícitamente declarada en Génesis 9:6 para la ejecución del asesino revela que el castigo capital está destinado —no simplemente a salvaguardar vidas provocando temor en los asesinos— sino por razones punitivas por medio de las cuales la justicia se cumpla a través de una adecuada retribución. Esa retribución que está ligada a la razón dada por Dios para el castigo capital no debe ser pasada por alto. Considere a John Murray:

“Quizá el principal énfasis está en lo punitivo, y no debe existir ninguna represión de la sanción la cual pertenece a la retribución como dictado de la justicia aparte de cualquier consideración accesoria. Esto se fundamenta en la razón que se dio para la exacción de la pena de muerte, ‘porque a imagen de Dios hizo Él al hombre’” (John Murray, Principles of Conduct, 1957, p. 109-110).

Claramente, entonces, podemos concluir adecuadamente con Murray que Génesis 9:6 no debe ser entendido como “algo menos que un encargo dado al hombre para ejecutar la pena de muerte, y que el verso 6b enuncia la razón por la cual este castigo extremo debe ser requerido”.

3. Es bien sabido que el castigo capital era una parte integral de la Ley de Moisés. Dependiendo de cómo uno las categorice se pueden encontrar alrededor de veintiún ofensas que bajo la ley se castigaban con la muerte. Debido a la relación teocrática de Israel con Dios, Él les dio una cantidad específica de legislaciones que no dio a otras naciones. Esto incluía extender el castigo capital a un número de crímenes no capitales. La cosa importante a notar en este párrafo es que en la Ley de Moisés Dios no estaba instituyendo la pena capital —ésta era una parte de la ley moral desde el principio y había sido entregada por revelación especial a la humanidad por medio de Noé (Gén. 9:1-6). Jehová simplemente incorporó el castigo capital a la ley de Moisés y lo extendió para incluir una variedad de ofensas religiosas y civiles.

Esto es importantísimo mantenerlo en mente porque algunos suponen que ya que Cristo abolió la Ley Antigua, y ya que el castigo capital era una parte de esa ley, entonces se sigue que Él abolió completamente la pena de muerte. Sin embargo, aun cuando es cierto que Jesús “quita lo primero para establecer lo segundo” (Heb. 10:9) y que ningún hombre hoy está bajo la ley (Ro. 7:4, 6) pero los principios morales eternos que fueron incorporados a la ley siempre habían estado y siempre estarán como obligación para todos los hombres, y por consiguiente ellos también forman parte del evangelio de Cristo. El hecho que se está pasando por alto es que el castigo capital para el asesino era obligación para los hombres mucho antes de que éste se convirtiera en una parte de la ley de Dios para Israel. Por lo tanto, al clavar la ley de Moisés a la cruz (Col. 2:14), Jesús no eliminó la pena capital así como tampoco lo hizo con la prohibición a adulterar. El castigo capital no está fundamentado solamente en el Antiguo Pacto, sino en la naturaleza del hombre y en la ley moral (natural) de Dios. Esto lo discutiremos un poco más adelante.

EVIDENCIA EN EL NUEVO TESTAMENTO

¿Es el castigo capital una parte del orden de cosas en el Nuevo Testamento? Hay quienes pueden reconocer que la pena de muerte era una parte de las eras Patriarcal y Mosaica, pero que al mismo tiempo suponen erróneamente que es algo inconsistente con la enseñanza de amor y perdón en el Nuevo Testamento, y que por consiguiente ya no está autorizada en la era Cristiana. Sin embargo, como ya hemos observado previamente, el propósito dado explícitamente por Dios en Génesis 9:6 para el castigo capital indica que es algo vigente hoy en día. Las observaciones de Murray al respecto son excelentes:

“Debemos percibir que la institución del castigo capital está fundamentada en el hecho de que la imagen divina constituye la unicidad del hombre… cuando nos preguntan acerca de la perpetuidad de esta institución ninguna consideración es más pertinente que esta: la razón dada para la exacción de dicha pena… es una que tiene relevancia e importancia permanente. No hay suspensión en cuanto al hecho de que el hombre fue hecho a la imagen de  Dios; eso es tan cierto hoy como lo fue en los días de Noé… Además, en ningún otro caso de la jurisprudencia bíblica se declara que la razón para la imposición de un castigo sea que el hombre está hecho a la imagen de Dios… Por lo tanto, la institución de un castigo capital para el homicida está en una categoría diferente a aquella en la que están las demás provisiones del Pentateuco en las cuales se demanda muerte por muchas otras ofensas. No sólo difieren el tiempo y las circunstancias; las razones subyacentes a la sanción en este caso son radicalmente diferentes. Por consiguiente tenemos buenas razones para sostener que la institución es de obligación permanente” (énfasis añadido).
Toda vez que el hombre siga siendo la imagen de Dios, para conservar la santidad de la vida y para administrar la retribución que demanda la justicia, será necesario aplicar la pena de muerte a quien tome una vida sin autorización.

Adicional a las consideraciones de arriba, evidencia en el Nuevo Testamento corrobora esta verdad de que el castigo capital es definitivamente una parte de la era Cristiana.

1. En Romanos 13:1-7 el apóstol  Pablo se dirigió a ciertos detalles de las obligaciones del hombre con el gobierno civil (comp. 1 Pe. 2:13-17). En este contexto él enfatiza que la autoridad del gobierno civil ha sido dada por Dios mismo y que “los poderes constituidos” son ministros de la voluntad de Dios para resguardar el bien, proteger al inocente, castigar el mal, y mantener el orden en la sociedad. Por lo tanto, no deben recibir oposición, sino que los gobernantes y autoridades deben ser obedecidos en todo lo que sea correcto. De especial relevancia para la cuestión que estamos tratando son las palabras en el 13:3-4, “Porque los gobernantes no son motivo de temor para los de buena conducta, sino para el que hace el mal. ¿Deseas, pues, no temer a la autoridad? Haz lo bueno y tendrás elogios de ella, pues es para ti un ministro de Dios para bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues ministro es de Dios, un vengador que castiga al que practica lo malo”.

Aquí se puede ver que Dios ha colocado la autoridad para administrar el castigo capital en las manos del gobierno civil. La frase “no en vano lleva la espada” es una obvia referencia a la pena de muerte. “En las categorías bíblicas la expresión ‘el poder de la espada’ es vista claramente como una expresión idiomática para indicar el poder de matar” (R. C. Sproul, Ethics and the Christian, 1983, p. 68). Del término “espada” en este pasaje, Vincent dice: “Llevada como el símbolo del derecho del magistrado para infligir la pena capital” (Marvin R. Vincent, Word Studies in the New Testament, Vol. III, p. 164) y Lenski observa: “No un simple símbolo de poder sino una espada real en las manos del ejecutor quien aplicaba pena de muerte en los criminales” (R. C. H. Lenski, The Interpretation of the St. Paul’s Epistle to the Romans, 1961, p. 792). De manera que es evidente que el gobierno civil está destinado a ser un ministro de Dios y debe funcionar como un instrumento ordenado divinamente para castigar a los malhechores, y que ese castigo incluiría la pena de muerte cuando fuese necesario. Esto no es solamente un derecho divino otorgado a los poderes civiles, sino que es su obligación aplicar la pena de muerte cuando sea necesario. Fracasar en cumplir con esto es violar un decreto divino.

2. Cuando Pablo presentó su defensa ante Festo, dijo lo siguiente en Hechos 25:11, “Si soy, pues, un malhechor y he hecho algo digno de muerte, no rehúso morir”. Note lo que el apóstol implica: (1) hay crímenes que son dignos de muerte; (2) las autoridades civiles adecuadamente constituidas tenían el derecho de quitarle la vida si él merecía morir, y (3) él no rehusaría someterse a la ejecución llevada a cabo por un gobierno que tenía el derecho de realizarla si era necesaria. Así que en este pasaje es evidente que un apóstol de Cristo reconoció el derecho del gobierno civil d infligir la pena de muerte, y a considerar este incidente debería tenerse en cuenta que Pablo, como apóstol inspirado en un juicio, estaba bajo la guía del Espíritu Santo como prometió Jesús en Mat. 10:16-20.

3. Cuando el Señor fue enjuiciado por Pilato, el gobernador le recordó a Jesús: “¿No sabes que tengo autoridad para soltarte, y que tengo autoridad para crucificarte?” (Jn. 19:10). La palabra “autoridad”, que viene de la palabra griega exousía hace referencia en este caso al “poder de decisión judicial” (W. E. Vine, Vine’s Expository Dictionary of the New Testament Words, p. 91). Es interesante que al responder Jesús no negó la autoridad que Pilato tenía para llevar a cabo la pena de muerte, sino que solamente le recordó que ese poder se lo había dado Dios. Aunque Pilato no tenía el derecho de condenar al Señor Jesús siendo este un hombre inocente, no obstante es evidente que Jesús reconocía el derecho dado por Dios al gobierno civil para imponer el castigo capital.

OTRAS CONSIDERACIONES

En el corazón de este asunto está el tema más general del propósito del castigo del crimen por parte de la sociedad. Hay quienes se oponen a la pena de muerte basándose en que el castigo debe ser primordialmente con el objetivo de lograr la rehabilitación; el ofensor debe ser rehabilitado, no ejecutado. Sin embargo, tal concepto es muy deficiente. Debe entenderse que el propósito básico tras el castigo no es tanto la disuasión, la protección del inocente, o la rehabilitación (aunque ciertamente estos elementos pueden estar incluidos); el castigo criminal en general y el castigo capital en particular deben ser punitivos. Es decir, deben entenderse que la retribución es el punto principal del castigo capital. La retribución hace referencia al “castigo debido en vindicación de la justicia” (McQuilkin, p. 360; es “la idea de que el crimen inherentemente merece el castigo” (Davis, p. 202). En Romanos 13:4 y 1 Pe. 2:14 el escritor inspirado habla de la administración del castigo sobre los malhechores por parte de gobierno como un asunto de venganza. Así que,

“En una perspectiva bíblica la principal razón para el castigo capital es que la justicia lo demanda. El orden justo es disturbado por el asesino, y solamente la muerte del asesino puede restaurar esa justicia” (Davis, p. 203).

Que la justicia no puede cumplirse sin la ejecución del asesino se sugiere en Números 35:33, “Así que no contaminaréis la tierra en que estáis; porque la sangre contamina la tierra, y no se puede hacer expiación por la tierra, por la sangre derramada en ella, excepto mediante la sangre del que la derramó”. Los brillantes comentarios de Alexander Campbell son elocuentes y poderosos en cuanto a este pasaje, dignos de tomar en cuenta:

“¿Alguien se pregunta por qué no hay rescate, conmutación o perdón? La respuesta, la razón, es una de relevancia crítica. Es esta: ‘No se puede hacer expiación por la tierra, por la sangre derramada en ella, EXCEPTO MEDIANTE LA SANGRE DEL QUE LA DERRAMÓ’. Así que el  Dios Altísimo ha ordenado en su infinita sabiduría, justicia y benevolencia. Es suficiente. Él lo ha dicho. Ni las lágrimas de arrepentimiento, ni la contrición del corazón, ni la agonía del alma pueden expiar el pecado del asesino… tan pronto como se aviva el suspiro del remordimiento por las cenizas del difunto asesinado, ninguna lágrima penitencial extingue el fuego del infierno, ninguna expiación o ablución de manos mortal, que no sea la sangre del asesino, puede expiarle de la quebrantada ley de Dios, honrar su insultada majestad y purificar la tierra de la oscura profanación de la sangre por vengar” (Alexander Campbell, Is Capital Punishment Sanctioned by  Divine Authority?, Popular Lectures and Addresses, 1848, p. 331).

Cuando un hombre comete homicidio, la justicia demanda que él pierda su vida como castigo por su crimen. Tratar al asesino de otra manera socava la santidad de la vida de la víctima y trata al responsable como menos que un ser humano responsable que tiene que responder por su conducta. Es irónico que el humanista trata de usar la santidad y el valor de la vida humana para negar el castigo capital, cuando en realidad, están fracasando en ejecutar al asesino. (1) Trata a la víctima como menos que un ser humano al negarle la retribución que él/ella merece, (2) niega al ofensor el trato justo que él merece como ser humano. Bajo el encabezado El Castigo Capital Afirma la Dignidad Humana, Geisler hace varios comentarios dignos de atención en este aspecto:

“El castigo capital, entonces, es el cumplido final a la dignidad humana… los criminales deben ser tratados como personas no como pacientes. No son objetos que debamos manipular, sino seres humanos que merecen respeto. El criminal no está enfermo sino que es un pecador… ser castigado severamente es ser respetado como una persona creada a la imagen de Dios quien sabe qué es lo mejor y por consiguiente merece ser castigo por sus malos hechos” (Geisler, p- 198-199).

El castigo capital es un asunto de responsabilidad, justicia, y de mantener la santidad de la vida humana. “La santidad de la vida humana reside en el hecho de que el hombre fue hecho a la imagen divina. Esta santidad es lo que está detrás de la prohibición de matar, y ésta valida y necesita el castigo capital por el crimen del asesino” (Murray, 115-116). Si un hombre comete homicidio sin perder su vida como consecuencia de su acción, ¿qué mensaje se está enviando con respecto a la dignidad de la vida de la víctima? Alegar que la pena de muerte para el asesino constituye un “castigo cruel e inusual” es sostener una posición que “considera la vida del asesino como algo de más grande valor que la vida de su víctima” (Harrison, p. 50). Verdaderamente es un muy distorsionado punto de vista aquel que fracasa en demandar retribución cuando se quita una vida injustamente.

Ya que tantas cosas se dicen en los debates con respecto al castigo capital, deberíamos dar alguna breve atención al tema de la disuasión. Muchos niegan que el castigo capital sea una disuasión para el asesinato. Frecuentemente los de uno y otro lado citan estadísticas. En este aspecto debe decirse que el sentido común dicta que existe un elemento de disuasión involucrado — ¡Si otros piensan que no por lo menos el ejecutado sí lo cree! (Todos debemos estar de acuerdo, eso esperamos, en que es muy difícil que un hombre pueda hacer algún daño estando muerto). Además, la efectividad del castigo capital en disuadir al homicida tiene mucho que ver con la consistencia y prontitud con la que se lleve a cabo. Cuando muchos en nuestro sistema muy literalmente “se encantan con el asesino” y lo encarcelan en condiciones semi lujosas por un período de tiempo relativamente breve o cuando muchos otros esperan por años  y años en la fila de la muerte para ser ejecutado, ¿es de sorprenderse que la “amenaza” del castigo capital tenga poco efecto sobre nuestra sociedad? La inconsistencia en la aplicación y los largos retrasos en administrar la pena de muerte sin duda tienen mucho que ver con la efectividad del castigo capital como disuasión para el homicidio (considere cuidadosamente el principio expuesto en Ecl. 8:11).

Ahora bien, el hecho de que si aun siendo administrado en el tiempo y manera apropiados el castigo capital no logra disuadir al homicida, ¿por esto debe ser abolido? Absolutamente no. ¿Deberíamos abolir las cárceles sólo porque su existencia no ha disuadido a los criminales? Y sobre la misma base, ¿por qué no eliminamos toda clase de castigos con los que pase igual? En realidad, si el castigo capital es ético o no, no debe ser decidido sobre fundamentos de pragmatismo; ya se ha establecido que éste es necesario por motivo de la santidad de la vida humana y con el propósito de dar retribución.

Aquellos que dicen que el castigo, y el castigo capital en particular, no disuaden al ofensor están no sólo en contra del sentido común, sino de la evidencia bíblica. El Dios de toda verdad ha revelado que el castigo disuade (1 Tim. 5:20) y esto se dejó especialmente claro en cuanto al castigo capital (Deut. 17:12-13; Ro. 13:1-7; Hch. 5:1-6). De hecho, el temor al castigo de la muerte eterna en el fuego del infierno es dado por Dios mismo como la disuasión final para los desobedientes (Mat. 10:28; Heb. 10:26-31; 12:28-29).

Frecuentemente se alega que el castigo capital debería abolirse basándose en que no es administrado de manera justa. Se nos dice que el sistema está viciado en cuanto a su selección de candidatos para la ejecución —son las minorías las que terminan siendo sentenciadas, etc. Sin embargo, lo que se está pasando por alto aquí es si esas minorías están cometiendo o no más delitos capitales. Entre las cosas que podrían decirse con respecto a este punto, debe ser obvio para un cuidadoso observador que la mala aplicación de un principio no constituye prueba en sí misma de que el principio es inválido. ¿Deberíamos clausurar nuestras cárceles si encontramos que algunos allí están encarcelados injustamente? ¿Porque la justicia sea negada por uno, debe negarse por todos? Davis está en lo correcto cuando dice:


“Si un cierto principio es válido — sea el castigo capital o algún otro principio de justicia criminal — las imperfecciones de la administración no son justificación alguna para la abolición del principio, sino más bien para su reforma y su más apropiada aplicación” (Davis, p. 206)