lunes, 17 de marzo de 2014

¿Deben los cristianos guardar el sábado?

En estos tiempos cuando muchos están preocupados por el deterioro moral de nuestra nación, de vez en cuando se escucha la siguiente recomendación: “Deberíamos volver a los Diez Mandamientos como nuestro código de conducta”. Aunque el motivo de tal consejo es honorable, éste sugiere un erróneo, aunque común concepto acerca de la naturaleza de los mandamientos.

En primer lugar, la mayoría de nosotros (todos los que no somos judíos) nunca ha estado bajo el régimen del Decálogo. Los Diez Mandamientos eran parte de la ley mosaica, y ese sistema fue dado únicamente a los hebreos (Deut. 5:1-5). Esto no sugiere que los antiguos gentiles estuvieran exentos de responsabilidad moral y religiosa; esto simplemente significa que los no israelitas nunca fueron responsables ante el código mosaico en sí.

Aparte de esto, es un hecho lógico que si uno argumenta por la reinstitución de los diez mandamientos, debe, si quiere ser consistente, contender que los requerimientos relacionados con el sábado también son obligatorios para nosotros. Desde luego, este punto de vista es promovido por los adventistas del séptimo día y otros sabatistas, pero éste no refleja la perspectiva bíblica. En este estudio pretendemos mostrar tres cosas. Primero, la iglesia del primer siglo, mientras estuvo dirigida por líderes inspirados, no observaba el sábado. Segundo, las características únicas del sábado del Antiguo Testamento demuestran que el mismo no fue diseñado para convertirse en un requerimiento internacional. Tercero, las Escrituras enseñan explícitamente que el sábado como día de reposo ha sido abolido. Permítanos destacar cada una de estas líneas de pensamiento.

La Práctica de los Cristianos del Primer Siglo

Por más que alguien trate, será en vano querer hallar evidencia en el Nuevo Testamento de que la iglesia primitiva observara el sábado con aprobación apostólica. Cierto es que los apóstoles frecuentaban las sinagogas con el propósito de proclamar el evangelio. Allí estaría la más grande concentración de judíos (comp. Hch. 13:14; 17:1-2, etc.), y el mensaje relacionado con Jesús debía predicarse en primer lugar a ellos (Rom. 1:16).

Pero, ¿dónde está la evidencia de que la iglesia primitiva, bajo la guía divina, se reunía a adorar a Dios en el séptimo día de la semana?

(1) El reino de Cristo fue establecido en el día de Pentecostés (Hch. 2:1), el cual siempre caía en “el día siguiente al séptimo día de reposo” (Lev. 23:15-16), por consiguiente, el domingo. De manera que la iglesia comenzó a adorar en el primer día de la semana (comp. Hch. 2:42).

(2) Los discípulos en Troas “fueron reunidos” [voz pasiva] “el primer día de la semana” para partir el pan, es decir, para adorar (Hch. 20:7). El día específico de reunión no fue un accidente. Aunque Pablo estaba ansioso por ir a Jerusalén (20:16), esperó siete días para tener la oportunidad de reunirse con la iglesia.
Además, la voz pasiva indica que la asamblea fue convocada por otra persona aparte de los discípulos; esto fue una iniciativa divina.

(3) Los santos en Corinto se estaban reuniendo y contribuyendo al fondo de la iglesia “cada primer día de la semana” (1 Cor. 16:2 según el texto griego).

(4) En la isla de Patmos Juan estaba “en el Espíritu en el día del Señor” (Apo. 1:10). El término para “del Señor” es kupiakos, el cual se define aquí como “en relación con el Señor”. Thayer el lexicógrafo griego comenta: “…el día dedicado al Señor, consagrado a la memoria de la resurrección de Cristo” (365).

Los relatos de los evangelios dejan claro que la resurrección ocurrió un domingo. Aunque Apocalipsis 1:10 no sería conclusivo por sí solo, el hecho mismo de que el día sea mencionado específicamente es importante.
También debemos añadir esta nota. Aunque es cierto que algunos débiles y malinformados cristianos judíos tenían dificultades con romper el vínculo con la economía mosaica (Rom. 14:1ss; Gál. 4:10-11), es importante recordar que la enseñanza apostólica inspirada procuraba corregir este error.

Y aún más, tenemos el registro de los escritores patrísticos postapostólicos. Durante los tres primeros siglos de la historia del cristianismo, el testimonio es uniforme en cuanto a que los discípulos originales de Jesús adoraban el domingo no el sábado. Aquí daremos una muestra de dicho testimonio.

(1) La Didaché (120 d. C.) declara que “cada día del Señor” los cristianos se reunían para “partir el pan” (PAN [Padres Antenicenos] VII. 381).

(2) La Epístola de Bernabé (120 d. C.), al discutir cosas tales como el incienso, lunas nuevas y sábados, dice que “el Señor abolió estas cosas” en deferencia a “la nueva ley de nuestro Señor Jesucristo (PAN I.138). Más adelante afirma: “Este es el motivo por el que guardamos el octavo día con regocijo, el día en el que también nuestro Señor se levantó de entre los muertos” (I.147).

(3) Justino Mártir (140 d. C.) declaró que en “el día que llamamos domingo” los primeros cristianos se reunían a adorar. Además añadió que ese era el día en el que Cristo se levantó de entre los muertos (I.186).

(4) Clemente de Alejandría (194 d. C.) habla de alguien que “guarda el día del Señor” como “glorificando al Señor en sí mismo” (PAN II.545).

(5) Tertuliano (200 d. C.) argumentaba que la “antigua” ley había sido consumada; así que “se demostró que la observancia del sábado era algo temporal” (PAN III.155). En otra parte dice que los sábados son “ajenos” al cristiano, y que ellos compartían juntos “en el día del Señor” (70).

(7) El notable historiador Philip Schaff concluye: “La universal e incontrovertida observancia del domingo en el segundo siglo sólo puede explicarse por el hecho de que ésta tenía sus raíces en la práctica apostólica” (478-479).

Finalmente, debemos hacer este comentario. Es incorrecto llamar al domingo “el sábado cristiano”.

Consideraciones del Sábado del Antiguo Testamento

Primero, al considerar los requerimientos del sábado del Antiguo Testamento, quizá sea útil recalcar que había muchos otros “sábados”, adicionales al sábado conocido como el séptimo día, los cuales eran obligatorios para los hebreos (comp. Lev. 19:3; 26:2).

Por ejemplo, había los días sábados extra en relación con las cinco fiestas sagradas (por ejemplo, La Pascua, Los Primero Frutos, etc. comp. Lev. 23:7-8, 21, 24-25, 32, 39). En realidad los hebreos celebraban cincuenta y nueve sábados al año. Adicionalmente cada siete años había un año sabático (Lev. 25:1-4) y cada quincuagésimo año era sabático también (Lev. 25:8-13). La tierra debía dejarse sin cultivar durante este tiempo, y las deudas debían ser perdonadas (Deut. 15:2).

En un período de cincuenta años, el hebreo fiel, en un grado o en otro dependiendo del requerimiento específico de la ley, observaría 5,830 sábados. Contraste eso con el hecho de que el sabatista promedio actual, en el mismo período de tiempo guardando sólo el sábado honraría solamente 2,600 sábados, así, fallaría en 3,230 sábados según el estándar divino.

Segundo, como indicamos arriba, el sábado, como un requerimiento religioso, estaba restringido a los israelitas. Éste no era parte de ningún pacto patriarcal (comp. Deut. 5:2-3); más bien fue una ordenanza que se dio a conocer en el Sinaí (Neh. 9:13-14), la cual sirvió como una “señal” entre Jehová y su pueblo especial (Ez. 20:12). Así que, los gentiles nunca habían estado bajo la obligación de guardar el sábado.

Tercero, considere este regulación: “No encenderéis fuego en ninguna de vuestras moradas el día de reposo” (Éx. 35:3). Esta es una clara evidencia de que el sábado no fue diseñado como un requerimiento universal. El profesor Rawlinson observa que “en el cálido clima de Arabia y Palestina el fuego artificial no era tan necesario” (378).

Por ejemplo, Jerusalén está en la misma latitud que Nueva Orleans y Houston. La temperatura anual promedio es sesenta y cinco grados, y rara vez cae por debajo de cuarenta. Uno sólo puede imaginar lo que pasaría si se intentara guardar esta ordenanza en Alaska y Siberia.

El Sábado Terminado

Las Escrituras son enfáticas en cuanto a que el requerimiento de guardar el sábado ha sido cancelado. Los datos en el Nuevo Testamento guían a la conclusión que la ley de Moisés (con todos sus componentes — incluyendo el sábado) ha sido abrogada. Pablo afirma que “la ley de los mandamientos” ha sido abolida “por medio de la cruz” (Ef. 2:14). Similarmente “el acta de los decretos expresados en ordenanzas” (las cuales incluían días de fiestas, sábados, etc.) ha sido “quitada de en medio y clavada a la cruz” (Col. 2:14-16).

Sin embargo, los sabatistas alegan que solamente las características ceremoniales (por ejemplo, los sacrificios de animales) del pacto mosaico fueron abolidas en la cruz. Los elementos morales de la ley (por ejemplo, los mandamientos) continúan vigentes en nuestros días de acuerdo con su entendimiento.

Esta posición es arbitraria, artificial y no pasará el examen de las Escrituras. Observe lo siguiente:

(1) Dios prometió hacer “un nuevo pacto”, el cual no sería como aquel que se le había dado a Israel cuando dejó Egipto (Jer. 31:31ss). Cuando se dio “un nuevo pacto” también se dio un “cambio” en las leyes (Heb. 7:12). Pero la ley antigua, entregada cuando Israel escapó de la esclavitud egipcia, contenía los diez mandamientos (1 Re. 8:9, 21). Así que, el decálogo expiró cuando el Antiguo Testamento fue reemplazado por el Nuevo.

(2) En Romanos 7, el apóstol argumentó que el cristiano está “muerto a la ley por medio del cuerpo de Cristo” (v. 4). Además contendió que el hijo de Dios está “libre de la ley” (v. 6).

Bueno, y ¿cuál era “la ley” que se tenía en mente en este pasaje? ¿Meramente la parte ceremonial de la ley? No, ese no es el caso, pues a continuación Pablo dice: “yo no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: No codiciaras” (v. 7; comp. Éx. 20:17).

Claramente la ley para la cual el cristiano está “muerto”, es decir, separado de, y de la cual ha quedado “libre”, incluye los Diez Mandamientos. El cristiano no está bajo la obligación de guardar el sábado.

La realidad es que luego de que Pablo dijera que la ley había sido “clavada en la cruz”, declaró también que nadie debe “juzgar”, es decir, condenar (comp. Thayer, 361) a un cristiano por no guardar días de fiesta, sábados, etc. (Col. 2:16). Esa declaración no se habría podido hacer si la ley del sábado aún hubiera estado en vigor.

No dudamos que muchos de los sabatistas son sinceros en su profesión de guardar el séptimo día. Pero la sinceridad por sí sola no es una justificación. La práctica moderna de guardar el sábado es errónea.

Bibliografía


  • ANF [PAN] (1995 Edition), Ante-Nicene Fathers, Alexander Roberts & James Donaldson, Eds. (Peabody, MA: Hendrickson), Ten Volumes.
  • Eusebius Pamphilus (1955 Reprint), Ecclesiastical History (Grand Rapids, MI: Baker Book House).
  • Jackson, Wayne (1986), Background Bible Study (Stockton, CA: “Courier Publications”).
  • Rawlinson, George (1950 Reprint), “Exodus,” The Pulpit Commentary, Spence & Exell, Eds. (Grand Rapids, MI: Eerdmans), Vol. 1.
  • Schaff, Philip (1980 Reprint), History of the Christian Church (Grand Rapids, MI: Eerdmans), Vol. I.
  • Thayer, J.H. (1958), Greek-English Lexicon of the New Testament (Edinburgh: T.&T. Clark).

martes, 4 de marzo de 2014

La Autoridad del Líder Cristiano Definida por Jesús y sus apóstoles


Para poder desarrollarse, toda sociedad humana debe establecer su propia organización y estructuras autoritativas. Eventualmente, si alguien desea saber algo acerca de una nación, familia o asociación en particular, muy probablemente tendrá que inquirir acerca de la naturaleza y uso de su autoridad. Las agrupaciones humanas pueden describirse como “dictatoriales”, “autoritarias”, “democráticas”, “igualitarias”, “republicanas”, “liberales”, y otras similares. Cada una de estas designaciones refleja la manera en la que se usa la autoridad dentro de esa comunidad.

Aunque es diferente de una nación, familia o asociación, la iglesia también es una sociedad humana (entiéndase ‘compuesta por seres humanos’) que debe tener una estructura organizacional/autoritativa para poder esparcir su mensaje y cumplir así la Gran Comisión dada por Cristo (Mat. 28:19-20). Debido a esto es legítimo inquirir acerca de la naturaleza y uso de la autoridad dentro de la comunidad de los creyentes. Tal indagación es de vital importancia, ya que de esto depende el cómo entendemos y ejercemos la autoridad dentro de la iglesia. Aun las enseñanzas más fundamentales como la naturaleza de Dios y la salvación se ven influenciadas por la manera en la que definimos la autoridad.Primero, el ministerio en la iglesia del Nuevo Testamento no era jerárquico. No puede haber duda que durante su ministerio terrenal Jesús otorgó a algunos de sus seguidores la misión especial de proclamar el reino de Dios. Ellos habían sido elegidos para ser Sus representantes y debían continuar Su misión y reproducir en sus propias vidas las características de Jesús mismo, a saber, el compromiso total y servicio a Dios y a los demás seres humanos. Sin embargo, su testimonio no estaba basado en su posición, rango, status, sino en la misión que habían recibido de Cristo. Su autoridad especial estaba basada en el hecho de que ellos habían sido testigos oculares de la presencia de Jesús en la tierra. De modo que, con la ayuda del Espíritu Santo, esto conllevaba preservar y transmitir un confiable y auténtico relato de la vida y enseñanzas de Jesús. Sobre esta base descansaba el respeto único y especial hacia ellos de parte de la iglesia.

Los escritos de muchos de estos testigos presenciales finalmente fueron recolectados en el canon del Nuevo Testamento y así estos documentos llegaron a ser normativos para los creyentes y su exclusividad autoritativa expresada en el popular axioma sola scriptura. Sin embargo, el Nuevo Testamento no provee ningún apoyo para el punto de vista que esta posición especial de la que gozaban los Doce dentro de la comunidad cristiana haya sido transferida a algún otro tipo de líderes.

Lo que vemos en el Nuevo Testamento es una comunidad como no hay otra igual. Era una comunidad cuyos líderes rehuían de cualquier forma de jerarquía que les situara por encima de los demás. De hecho, siguiendo el ejemplo de Jesús, los líderes del Nuevo Testamento proclamaban que nosotros sólo podíamos ser una jerarquía inversa. Continuando el ejemplo de Jesús, sus líderes solían referirse a sí mismos como doulos y diakonos tanto de Dios como de la iglesia. Acorde con esto, en I Corintios 3:5, Pablo escribe: “Qué es, pues, Apolos? Y ¿qué es Pablo? Servidores (diakonoi) mediante los cuales vosotros habéis creído…” En 2 Corintios 4:5, declaró enfáticamente: “Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor, y a nosotros como siervos (doulous)”. Así que lo encontramos constantemente ensalzando a Cristo y a los demás, mientras hablaba de sí mismo en términos poco favorecedores tales como “el primero” de los pecadores (1 Tim. 1:15). En otra parte escribe: “… y al último de todos, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí. Porque yo soy el más insignificante de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol” (1 Corintios 15:7-9). En 1 Corintios 4:1 Pablo se refiere a sí mismo y a sus colaboradores como remeros de abajo (huperetas). A su mente vino una imagen de una galera de un antiguo barco de guerra griego o romano con tres niveles de remos. Pablo se sitúa a sí mismo en la parte más baja del triple remero: él estaba debajo de los otros remeros.

Aun cuando Pablo había sido comisionado para proclamar el evangelio, para enseñar, exhortar, reprender, pareciera que él evitaba a propósito posicionarse en un rol por encima de los demás creyentes. En lugar de eso, y a pesar de su posición especial como apóstol de Cristo, conquistaba a las personas para que siguieran a Cristo, no por medio de la autoridad de su "oficio”, sino a través del testimonio de su vida. “Sed imitadores de mí, como también yo lo soy de Cristo” (1 Cor. 11:1;  4:16; Filp. 3:17; 4:9; 1 Tes. 1:6; 2 Tes. 3:7). Por lo tanto, con una conciencia clara, Pablo sería capaz de escribir a los corintios que cuando su joven discípulo Timoteo los visitara: “… él os recordará mis caminos, los caminos en Cristo, tal como enseño en todas partes, en cada iglesia” (1 Cor. 4:17). De manera que, ésta era la forma como él vivía, y no su posición, lo que identificaba la auténtica autoridad de Pablo en la iglesia.

Aun cuando todos los creyentes eran llamados a ser siervos de Dios y de los demás, esto aplicaba especialmente a los líderes en la comunidad cristiana quienes, según la enseñanza de Cristo, debían considerarse a sí mismos como “inferiores a los demás”, y así convertirse en un ejemplo para aquellos que estaban bajo su cuidado. Pedro hizo eco de Jesús cuando escribió a los ancianos de la iglesia: “Pastoread el rebaño de Dios entre vosotros… no como teniendo señorío [katakurieontes] sobre los que os han sido confiados, sino demostrando ser ejemplos del rebaño” (1 Pedro 5:2-5). Esta era la razón primaria por la que Pablo, Santiago y Pedro frecuentemente se presentaban a sí mismos ante las congregaciones como esclavos (douloi) de Cristo (Rom. 1:1; Stgo. 1:1; 2 Pe. 1:1). Todo esto nos sugiere que el liderazgo del Nuevo Testamento no tenía que ver con tener “autoridad” sobre los demás, tener “la última palabra” o poseer un “oficio por ordenación”. Más bien tenía que ver con la actitud de Pablo, Pedro y de otros líderes de la iglesia del Nuevo Testamento, quienes eran guiados por el ejemplo de devoción hacia su Señor y hacia los demás. Este era el fundamento de la genuina autoridad cristiana.

Viendo el liderazgo de la iglesia desde la perspectiva anterior, aun los obispos (episcopes, en 1 Tim. 3:1) o ancianos (presbyterous en Tito 1:9) ciertamente eran personas especiales pero, con todo y su privilegio de ser los únicos de quienes se dice que “gobiernan” a la congregación (1 Tim. 5:17) estaban allí principalmente para servir al Señor y a la comunidad. Estaban para guiar con el ejemplo más que con la autoridad de su posición. Aún ellos estarían siempre bajo la mirada atenta y la posibilidad de llamado de atención de parte de la congregación dentro de ciertos límites (llevar uno o dos testigos delante del evangelista, 1 Tim. 5:19-20). ¡Aún con toda la especialidad de su posición si persistían en caer en los mismos errores podían ser reprendidos delante de todos! La grandeza de ninguna persona dentro de la iglesia está por encima de la iglesia. Y si esto es cierto en cuanto a los ancianos, ¿será menos cierto cuando se trata de varones que con su liderazgo están atendiendo los asuntos de la congregación local pero que no tienen la posición ni privilegios de los obispos?

El liderazgo de la iglesia en ausencia de ancianos está en manos de los varones. Hay un orden que existe en la misma naturaleza del esquema divino de las cosas. En su primera epístola a los corintios Pablo declara: “Pero quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo, y la cabeza de la mujer es el hombre, y la cabeza de Cristo es Dios” (11:3).

Hay dos asuntos de interés aquí:

1. ¿Cuál es el significado del término “cabeza”?
2. ¿El término griego aner en este pasaje denota “hombre” o “esposo”’? Ya que éste puede significar lo uno o lo otro dependiendo del contexto.

La mejor evidencia indica que la palabra kephale (cabeza) refleja, en este caso, la idea de “autoridad”. Un pasaje del Antiguo Testamento griego dice: “Tú me has librado también de las contiendas de mi pueblo; me has guardado para ser cabeza de naciones; pueblo que yo no conocía me sirve” (2 Sam. 22:44).

El sentido de “autoridad” es el punto de vista predominante de los eruditos en griego (Thayer, Greek-English Lexicon, 345; Danker, Greek-English Lexicon, 542). Price dice que en este pasaje el término denota “alguien que mantiene una posición de autoridad y liderazgo” (Bromiley, International Standard Bible Encyclopedia — Revised, II, p. 640).

Es el hombre, entonces, quien es cabeza (figura de autoridad) sobre la mujer — no viceversa.

Aunque muchos ven la referencia aquí a la autoridad del esposo sobre la esposa (como en Ef. 5:23), este contexto difícilmente sugiere eso. Pablo dice que Cristo es la “cabeza” del aner. ¿Acaso el Señor sólo es cabeza de los “esposos”, o Él es la cabeza de todos los “hombres” en general? Lo último parece ser lo más obvio. Este es el sentido reflejado en la mayoría de las traducciones. Así que, por el momento es suficiente decir que este es el arreglo divino en cuanto a la autoridad, sino en la sociedad en general, por lo menos en la iglesia.

Segundo, hay una prohibición apostólica en contra de que la mujer ejerza autoridad sobre el varón. Pablo escribe:

“Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada” (1 Tim. 2:12).

El infinitivo griego authentein, traducido como “ejerza autoridad” (LBLA) significa simplemente “aplique autoridad” o “tenga autoridad” sobre alguien. Danker observa que esto prácticamente significa “decir al hombre lo que tiene que hacer” (150). 

Los apóstoles prohibieron que la mujer ejerciera algún rol que conllevara tener autoridad sobre el hombre. Así que a la mujer cristiana no le está permitido funcionar en una capacidad en la cual ella decida los asuntos de la iglesia y el hombre tenga que seguirla.

Como un punto concluyente de esta sección, debe tomarse en cuenta que las instrucciones de Pablo en esta narrativa están basadas en lo que se estableció en el contexto de la creación (Gén. 1-3); por consiguiente, no son instrucciones por algún prejuicio cultural como alegan algunos. La restricción es aplicable a la iglesia de hoy día.

Tercero, Cómo manejar los asuntos de la iglesia. Con estas instrucciones divinas ante nosotros, ahora apliquémoslas a cómo se deben conducir los asuntos de la iglesia en ausencia de ancianos. Aquí hay algunos hechos básicos:

1.       Todos los asuntos relacionados con ley están determinados por las Escrituras; ningún ser humano tiene poder de decisión en esta área.

2.       Asuntos de conveniencia; a saber, los métodos opcionales para implementar la voluntad divina, deben ser decididos por alguien — si la congregación no tiene ancianos.

3.       Ninguna persona (como Diótrefes, 3 Jn. o el sistema moderno del pastor) ni un casi-ancianato (como una “Junta Directiva” o “Comité de Liderazgo”) deben operar como un cuerpo de toma de decisiones para la iglesia (aunque una directiva para temas legales de acuerdo con lo que exige la ley civil se puede nombrar sin afectar el esquema divino dentro de la congregación local en los asuntos espirituales).

4.       Las mujeres no deben operar en roles que conlleven ejercer autoridad sobre los varones.

5.       Los asuntos de la iglesia deben conducirse decentemente y con orden (comp. 1 Cor. 14:40).

El liderazgo de la iglesia conllevaba requisitos que fueron determinados por los apóstoles pero evaluados por el testimonio de la congregación local. Desde que la iglesia creció al punto de ser demasiado grande como para ser manejada sólo por los apóstoles, se hizo necesario designar a líderes dentro de la comunidad cristiana que pudieran dar apoyo a la labor apostólica.  ¿Cómo fueron designados estos varones? Los apóstoles dieron algunos requisitos básicos: (1) Buena reputación, (2) llenos del Espíritu Santo [gr. Pleres, “Cuando se usa con respecto a una persona con el caso genitivo éste conlleva la idea de ser llenado de poder, un don, características, cualidades, etc.” (Greek-English Lexicon, Arndt & Gingrich); comp. Jn. 1:14; Lc. 4:1; Hch. 6:3, 5, 8; 7:55; 11:24; 9:36; 13:10. Se usa también en la LXX para estar “lleno de pecado” (Isa. 1:4)]. Estos hombres estaban llenos de poder divino (6:8). (3) Llenos de sabiduría. Para administrar en medio de un conflicto de intereses, en medio de personas tan territoriales, se requería de ellos una medida excelente de sabiduría y de respeto de parte de la membresía. Un respeto ganado desde mucho antes de su elección.

Nadie debe llegar a atender los asuntos de la congregación local sólo porque “no hay más varones”, o porque “es quien más ofrenda” o “porque es quien más tiempo tiene de convertido”. Dirigir al pueblo de Dios no es un asunto indiferente ni puede llevarlo a cabo cualquier persona. Como se diría alguna vez acerca de los ancianos, “no un neófito para que no se envanezca y caiga en la condenación en la que cayó el diablo” (1 Tim. 3:6). Es importantísimo tener presente que a uno no “lo nombran líder”, uno ya es un líder desde mucho antes y ese liderazgo, si va a acompañado de una buena reputación de vida y de sabiduría, es lo que nos debe llevar a estar al frente dirigiendo, mas no imponiendo, a la comunidad de creyentes hacia donde lo indiquen Las Escrituras. Como podemos ver en este caso registrado en Hechos 6, aun cuando los apóstoles eran los guías espirituales de la iglesia, ellos pidieron que fuera la congregación local la que designara a sus servidores.

Los líderes de hoy serán los ancianos de mañana. Los requisitos exigidos a los ancianos deben manifestarse en los que no lo son aún pero aspiran serlo. Es una carrera espiritual en la cual la meta se alcanza cumpliendo los requerimientos a lo largo de la pista. Un líder congregacional debe ser un anciano en potencia, en formación y en obras. Su conducta debe ser ejemplar, su deseo de servir debe ser evidente a todos, y su corazón debe estar gobernado por la humildad en todo momento. El líder cristiano debe tener en cuenta que no es un jefe, ni la compañía de otros líderes hace de ellos una Junta Directiva que imponga decisiones sobre la membresía o que sea “el grupo de la última palabra”. Tal como lo hicieron los apóstoles (Hch. 6), los líderes cristianos están para orientar a la congregación en sus decisiones, y no para tomarlas pues ellos (la iglesia) tienen la capacidad para tomarlas por sí mismos (1 Corintios 6:2-3). Dios ha dado a los santos su Espíritu Santo, esto debe ser suficiente para considerarles preparados para juzgar o discernir qué es lo mejor en temas de conveniencia, y les ha dado la guía de la Escritura para que sepan qué decir y qué hacer en temas doctrinales (2 Tim. 3:16-17). Muchos de los abusos en temas de conveniencia y de las desviaciones en asuntos doctrinales se deben al “poder” que se le ha concedido al denominado “Grupo de Varones” quienes legislan como ancianos sin serlo y estando a años-luz del modelo de liderazgo que Cristo enseñó a sus discípulos. Y, como con toda élite sedienta de autoridad, ellos pelearán y resentirán que tratemos de arrebatarles su sitial y entregarles la toalla y la palangana que usó el Maestro. Si vamos a enseñar en contra de este “modelo humano” de liderazgo debemos estar preparados para que tomen piedras y nos lancen su odio. ¡En el mundo tendremos persecución, pero confiad, Cristo ha vencido al mundo!

CONCLUSIÓN:

A. Es común a la naturaleza humana sentirse atraída por un liderazgo como el de Jesús, y rechazar el autoritarismo de quienes se apoyan únicamente en el prestigio de su posición. Una posición que ha sido dada por Jesús para “servir, ayudar y trabajar” (1 Corintios 16:15-18). A quienes sirven con el modelo de Jesús, como Estéfanas y su familia, nos debemos sujetar y les debemos tener en grande estima.

B. Entiendo que el término “esclavo” tiene pocas connotaciones positivas, ya que éste no implica ningún honor, ni gloria ni status ni rango. A nadie le agrada eso. Y, sin embargo, esta es la palabra que Jesús usó para describirse a Sí mismo y a su obra; esta es la palabra que los apóstoles usaron para describirse a sí mismos y a su obra como también a la de sus colaboradores.

C. La auténtica autoridad cristiana está en el auténtico líder cristiano, el que guía a la congregación con el ejemplo de humildad y servicio, y que instruye al pueblo de Dios con la sana doctrina. La autoridad no reside en nosotros ni en los títulos que nos atribuimos (encargado de la congregación, predicador principal, etc) sino en el mensaje que predicamos y en la vida nuestra, siempre que ésta imite a la de Cristo Jesús.

D. En lugar de procurar excusas para gobernar, busquemos oportunidades para servir. Abandonemos las ansias de mandar, de decidir, de determinar y despojémonos de toda vanidad, tomando forma de siervos y siendo obedientes hasta la muerte. En lugar de imponer nuestros puntos de vista a la iglesia, dejemos que las congregaciones crezcan tomando sus propias decisiones mientras nosotros les guiamos sabiamente y les orientamos. Si respetamos a la iglesia, estamos dándole el lugar que Cristo le tiene. La iglesia es la esposa del Cordero, el reino de los cielos y el cuerpo de Cristo, Aquel cuya plenitud lo llena todo y la única Cabeza de la iglesia. Ante Él y sólo ante Él “se doblará toda rodilla”.


¡A Él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las generaciones!

domingo, 17 de noviembre de 2013

¿Hay alguna “fórmula” de palabras que deba pronunciarse en el acto del bautismo?

Algunos amigos contienden que Mateo 28:18-20 no aplica para nosotros hoy (en lo referente a bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”). Ellos afirman que desde el día de Pentecostés en adelante, el bautismo fue administrado solamente en el nombre de Jesús. ¿Qué podemos decir en cuanto a esto?

Hay varias cosas que se pueden decir como respuesta a esta infundada suposición. Estas personas obviamente están teniendo la impresión de que hay una fórmula particular de palabras que debe recitarse cuando se está administrando el bautismo a alguien. Este erróneo concepto es el corazón de la suposición mencionada arriba. Ofrecemos las siguientes observaciones con respecto a este asunto:

1.       Es irresponsable contender que el Señor instruyó a sus apóstoles a bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19), luego contender que ellos nunca lo hicieron así y que practicar precisamente lo que el Salvador les indicó sería un error. ¿Ordenó Cristo el bautismo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”? Sí lo hizo. ¿Le obedecieron los apóstoles? Uno debe suponer que sí. Si le obedecieron, ¿cuándo sucedió eso? ¿O es que esa instrucción estaba confinada solamente al período de diez días entre la ascensión del Señor y el día de Pentecostés? No hay evidencia en lo absoluto de que la Gran Comisión, tal cual está registrada en Mateo, fuera de naturaleza temporal. La realidad es que la bendición adjunta a la Gran Comisión (“Y yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”) claramente argumenta a favor de que la Comisión iba a ser de una muy larga duración.

2.       Ningún pasaje en el Nuevo Testamento, que  mencione bautizar “en” el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (o “en” Cristo, o “en” su “nombre”) se refiere a lo que se está diciendo en el momento de la inmersión. Cada texto describe lo que se está haciendo con énfasis en pequeños detalles dependiendo de la construcción gramatical. No hay alusión alguna a un “código de lenguaje” que se requiera para poder validar la inmersión.

3.       Es demasiado obvio que no existe una fraseología específica asociada con el bautismo. Los textos relativos a este asunto son variados en el idioma original.

Mateo dice “bautizándoles en (eis) el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19). Lucas usa frases tales como “bautícese en (epi) el nombre de Jesucristo” (Hch. 2:38), “bautizados en (eis) el nombre del Señor Jesús” (Hch. 8:16), “bautizados en (en) el nombre de Jesucristo” (Hch. 10:48) o “bautizados en (eis) el nombre del Señor Jesús” (Hch. 19:5).

Si uno asume que el Nuevo Testamento es inspirado por Dios, y por lo tanto no contiene contradicciones, entonces cada uno de estos textos es correcto. Ellos no están en conflicto sino que están discutiendo la relación del bautismo con la Deidad desde ángulos ligeramente diferentes. En ninguno de estos textos hay una “fórmula de palabras” que se esté estableciendo como una regla a seguir (vea la discusión acerca de “nombre” en J.H. Thayer, Greek-English Lexicon, Edinburgh: T.&T. Clark, 1958, p. 447).

El tema ha sido bien sintetizado por Harold Mare y Hobart Freeman.

“El significado del bautismo en el nombre de Jesús varía levemente según la preposición griega que se utilice. En Hechos 2:38 Pedro exhortó a los judíos a arrepentirse y bautizarse en o para (epi) el nombre de Jesucristo, rindiéndose a Su autoridad y dedicándose a Él. Más tarde Pedro instruyó a Cornelio a ser bautizado en (en) el nombre de Jesucristo, actuando por Su autoridad [Hch. 10:48]. Tres pasajes usan eis (Mat. 28:19; Hch. 8:16; 19:5) además de la frase paralela “bautizado en Cristo” (Rom. 6:3; Gál. 3:27). Un estudio de estos versículos en conjunto con el verbo baptizo y eis en 1 Cor. 1:13; 10:2; 12:13 indica que quien es bautizado se identifica con Cristo (o Pablo, o Moisés) y pasa a una nueva propiedad o parentesco con Él, con una nueva relación y comunión” (Wycliffe Bible Dictionary, C.F. Pfeiffer, H. F. Vos, John Rea, eds., Peabody, MA, 2003, p. 1176).

El punto en sí es, si alguien es sumergido “en el nombre de Jesús”, o sea, por Su autoridad, entonces su bautismo debe ser realizado “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, pues esto es precisamente lo que Cristo autorizó (Mat. 28:19). Aunque, como ya hemos mencionado esto no se refiere a una fórmula con ciertas palabras que haya que pronunciar, sino que enfatiza el objetivo o aspiración del bautismo.


Finalmente, si “en el nombre de” representaba un patrón verbal que era requerido para pronunciarse en esas palabras exactas, entonces todos tendríamos que pronunciar exactamente esas palabras cada vez que hagamos cualquier cosa, pues Pablo ordena que “Y todo lo que hacéis, de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por medio de El a Dios el Padre” (Col. 3:17).

lunes, 11 de noviembre de 2013

¿Están prohibidos los múltiples “contenedores” En la distribución de la Cena del Señor?

¿Enseña Mateo 26:26-29 que la iglesia debe usar solamente (contenedor) cuando se sirve la comunión en el servicio de adoración de la iglesia local en el día del Señor?

El sagrado texto mencionado arriba dice lo siguiente:

“Mientras comían, Jesús tomó pan, y habiéndolo bendecido, lo partió, y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando una copa, y habiendo dado gracias, se la dio, diciendo: Bebed todos de ella; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día cuando lo beba nuevo con vosotros en el reino de mi Padre”.

BEBAN ESTA COPA

Algunos cristianos alegan que sólo se puede utilizar un solo contenedor en la distribución del fruto de la vid durante la celebración de la Cena del Señor. Los abogados de esta posición contienden que hay una gran importancia en el hecho de que Jesús tomó “una copa” cuando Él instituyó el fruto de la vid como recordatorio de Su sangre. Este solitario contenedor, dicen ellos, fue un precedente para todos los tiempos. Supuestamente, también era el emblema del único pacto vigente de Dios con los hombres, el Nuevo Testamento.

En la raíz de esta doctrina hay una falta de reconocimiento en cuanto al hecho de que el contenedor realmente no tiene importancia alguna; en cambio, el uso de la palabra “copa” en este párrafo es una figura de lenguaje conocida como Metonimia, es decir, “cuando se pone el nombre de una cosa pero refiriéndose a otra”. Una discusión detallada de dicha figura puede hallarse en los cientos de textos sobre hermenéutica que circulan por la hermandad y que son útiles para adiestrarse en la ciencia de la interpretación bíblica.

Una forma de metonimia se da cuando “el contenedor es mencionado en lugar de su contenido”. Nosotros empleamos comúnmente esta figura cuando expresamos frases tales como: “¿Le gustó el té? ¡Sí, claro, me tomé dos tazas!”, o “Deme un vaso de agua, por favor”. Cuando Moisés declaró que “la tierra se había corrompido delante de Dios” en los días de Noé (Gén. 6:11), no estaba refiriéndose al orbe de tierra, sino a la gente que lo habitaba. Similarmente, cuando Juan escribió que “de tal manera amó Dios al mundo” (Jn. 3:16), tampoco se estaba refiriendo al globo terrestre sino a su población. El “contenedor” representa a su “contenido”.

Que Jesucristo no estaba poniendo énfasis en el contenedor material debe ser obvio tomando en cuenta los siguientes hechos:

1.       El mismo lenguaje se usa para referirse tanto al “pan” como a la “copa”. Uno debe ser comido y la otra debe ser bebida. Ya que el pan (no el plato) fue el que recibió el énfasis como el elemento primario, similarmente, “el fruto de la vid” (no un contenedor) llevaba el enfoque de segundo elemento. Observe que en 1 Corintios 10:21 hay una referencia a la “copa” y a la “mesa”. No debe tomarse uno literal y el otro figurado. Si la “copa” es literal, la “mesa” lo sería también. Y si la “mesa” es figurada, entonces debe ser figurada la “copa” también.

2.       Los discípulos fueron instruidos inicialmente a “beber la copa”, cuya expresión significa: “suplirse de(sde) aquello que tomamos (en las manos), lo que recibimos, lo que nos es dado” (J.H. Thayer, Greek-English Lexicon of the New Testament, Edinburgh: T.&T. Clark, 1958, p. 191; Considere también que poterion (cup) se usa en Lucas 22:20, donde Thayer observa que “copa” representa a su contenido — p. 533). La referencia es a la sustancia bebida, no a su contenedor.

3.       La “copa” fue “derramada” (Lc. 22:20); “repartida” (“dividida”, en la expresión griega original, Lc. 22:17); y “bebida” (Mat. 26.27). Todos estos términos se refieren al líquido y no a un contenedor sólido.

4.       La consecuencia lógica de la doctrina de “Una Sola Copa” revela la falacia de la teoría. Si el uso del término “copa” demanda que una iglesia esté restringida al uso de un solo “contenedor” en su práctica de la comunión, y sin embargo, esa “copa” representa al Nuevo Testamento entonces cada iglesia debería igualmente restringirse a usar “una sola copia” del Nuevo Testamento en su programa de enseñanza. Por supuesto que sus defensores no aceptan esta conclusión. La realidad del asunto es que “la copa” representaba la “sangre” del Salvador, no al Nuevo Pacto. El nuevo pacto se menciona simplemente porque fue mediante la sangre de Cristo que éste pudo entrar en vigencia (He. 9.15ss). Una cuidadosa lectura del versículo 28 (Mateo) corregirá la falacia de la teoría de “Una Sola Copa”.

5.       Que la “copa” no es el contenedor se describe aún más vívidamente en el registro de Lucas. Él dice que Jesús, “habiendo tomado una copa, después de haber dado gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre vosotros…” (Lc. 22:17). La palabra griega para “repartir” es diamerizo, la cual significa “dividir” o “separar en partes” (comp. Mat. 27:35). ¿Dividieron los discípulos un contenedor? Por supuesto que no. Dividieron el fruto de la vid, el cual, incidentalmente, muy probablemente fue vertido en múltiples contenedores para facilitar su ingesta por todos. Frederic Godete observó: “La distribución (diamerisate) pudo tomar lugar de dos formas, o por tomar cada uno de una copa común, o vaciando el fruto de la vid de una copa en la copa de cada uno. El término griego apoya mucho más el segundo punto de vista” (A Commentary on the Gospel of Luke, Edinburgh: T.&T. Clark, 1879, Vol. II, p. 289).

6.       Que el uso de “copa” no hace énfasis en el contenedor también puede notarse en el uso que Pablo da al término en una de sus epístolas. Durante los tres años y medio de residencia del apóstol en Efeso (Hch. 19:1ss), escribió una carta a los santos en Corinto, quienes estaban del otro lado del Mar Egeo, a doscientas cincuenta millas oeste. Allí les dijo: “La copa [singular] de bendición que bendecimos [plural]…” (1 Cor. 10:16). Observe los términos “copa” y “bendeciMOS”. Es obvio que “copa” no se puede referir a un solo contenedor, como podemos ver en el hecho de que Pablo en Efeso, y sus hermanos en Corinto, estaban compartiendo la misma “copa”, es decir, una sustancia en común (fruto de la vid), lo cual refleja una idea espiritual, representando a la sangre de Cristo y no a un contenedor.


Es un motivo de gran consternación que el cuerpo de Cristo haya sido dividido por causa de tan frívolo motivo, y el error de las personas que no pueden comprender el uso de una sencilla figura de lenguaje. Ω

Un Accesorio para el Adulterio

¿Qué es un “accesorio”? En el argot legal, denota a “una persona quien, aunque no esté presente, es cómplice o asiste en la comisión de un delito”.

Hay tres maneras en las cuales uno puede ser un “accesorio”. Esto puede darse “antes del acto”, “en el acto mismo” o “después del acto” y en cada modalidad quien sirve como accesorio es igualmente responsable en cierta medida del crimen cometido. Permítame ilustrar.

Una persona puede planear asaltar un local comercial. Un amigo, que trabaja para la marca, puede proveer información "interna” acerca del sistema de alarma. Aun cuando el amigo no está activamente involucrado en el asalto, él fue un accesorio antes del acto, y es legalmente culpable del mismo. Puede ser perseguido y encerrado en la cárcel.

Bajo el mismo escenario, puede que otra persona no participe ni en el asalto ni en el cruce de datos pero sí se encarga del escape en auto. Él es un participante activo, de manera que es un accesorio en el acto, y digno de condena.

Una tercera persona podría no haber participado proveyendo información confidencial ni involucrarse en el acto mismo del robo, pero luego de éste les dio a los criminales un lugar donde ocultarse con el botín hasta que no haya “moros en la costa”. Él es un accesorio después del acto y también está tomando parte en el crimen.  Con este trasfondo en mente, permítame compartirle un escenario de crimen espiritual donde este principio aplica perfectamente.

UNA APLICACIÓN ESPIRITUAL

Un hombre declara que estuvo casado hace varios años. Sin embargo, admite que nunca tuvo interés en la intimidad sexual con su esposa, aun cuando ella se esforzaba demasiado para remediar el problema. Él abiertamente reconoce que se mantenía por largos períodos de tiempo sin tener relaciones con ella.

Esto fue una clara violación de la instrucción apostólica. Pablo escribió a los cristianos corintios:

“No os privéis el uno del otro, excepto de común acuerdo y por cierto tiempo, para dedicaros a la oración; volved después a juntaros a fin de que Satanás no os tiente por causa de vuestra falta de dominio propio” (1 Cor. 7:5).

En respuesta a una obvia pregunta acerca de la intimidad sexual (comp. 7:1), Pablo dice que una persona casada no debe negarle intimidad sexual a su pareja. La excepción a esta regla tiene tres requisitos: (1) Que sea por mutuo consentimiento, (2) que sea por un tiempo limitado y, (3) debe ser por un motivo puramente espiritual, por ejemplo, para concentrarse en la oración (Nota: La incapacidad por motivos de salud no están bajo consideración).

El caballero de esta historia también confesó abiertamente que estaba adicto a la pornografía y la autogratificación, y que, por eso, él no sentía deseos por su esposa. Luego de unos años así ella lo dejó y se casó con otro.

Ahora él desea cambiar su conducta pervertida y tal vez encontrar una esposa. Argumenta que debido a que su esposa lo dejó, y se casó con otro hombre, ella ha cometido adulterio y lo ha dejado a él libre para casarse de nuevo.

Esto es “legalismo” farisaico del más puro. Es obvio que ahora este hombre desea apoyo para su pervertida teoría. De los cristianos fieles que estudian la Escritura para conocer la verdad y no para justificar el mal no podrá obtenerlo.

A este individuo habría que informarle que no es libre para casarse― tal como entiendo lo que enseña la Biblia. Por su propia confesión sabemos que él violó su obligación sagrada de dar intimidad sexual a su esposa. De tanta soledad y frustración ella terminó yéndose de su lado.

¿Estaba ella justificada para ir a buscar otra pareja? No, no lo estaba, pues su esposo no había adulterado con otra persona físicamente (ni mujer ni hombre). Su pecado era repugnante pero nada tenía que ver con una infidelidad sexual con otra persona.


Sin embargo, este hombre fue un accesorio antes del acto de adulterio de su esposa y así es difícil que lo podamos catalogar como una víctima “inocente”. Uno debe vivir con las consecuencias de sus acciones. Ω

jueves, 27 de junio de 2013

Principios de Interpretación, Parte V

¿Pueden las expresiones declarativas

ser obligatorias para los hombres hoy?

¿Qué es una expresión declarativa? Una expresión declarativa es aquella que declara que una cosa es o no es el caso, que un objeto particular tiene una cierta propiedad o no tiene esa propiedad, o que cierto estado de cosas existe o no existe.

Algunas expresiones declarativas que no son obligatorias para los hombres hoy en día. En I Corintios 14:31, el apóstol dice a la iglesia de Corinto: “Porque todos podéis profetizar uno por uno, para que todos aprendan y todos sean exhortados”.

Esta expresión declara que los profetas pueden (tienen la capacidad de) profetizar uno por uno.

El contexto inmediato ayuda a clarificar el significado de esta declaración. Aparentemente los miembros de la iglesia en Corinto quienes poseían los dones milagrosos de “hablar en lenguas” (hablaban un idioma sin haberlo aprendido) y el de la “profecía” (enseñaban la palabra de Dios por inspiración) no se estaban comportando en la asamblea de la manera en la que Dios requiere (1 Corintios 14:40). Aparentemente algunos de ellos se ponían de pie y profetizaban varios al mismo tiempo, creando así caos y confusión. Además, al parecer cuando fueron reprendidos por esto, ellos replicaban que (estando bajo la influencia del Espíritu Santo) el que hablaba (en profecía) era incapaz de detenerse cuando otro (quien también estaba bajo la influencia del Espíritu Santo) empezaba a profetizar. Aquel a que había estado sentado alegaba que no podía controlar su espíritu (como para esperar que quien estuviera profetizando primero se detuviera) y aquel que estaba de turno profetizando alegaba que él tampoco podía controlar su espíritu (como para dejar de profetizar cuando el otro comenzara).

De modo que, en la declaración bajo consideración (1 Cor. 14:31), Pablo aclara que a pesar del hecho de que ellos poseían el don milagroso de la profecía, ellos podían (tenían la capacidad de) profetizar uno por uno (es decir, profetizar por turnos), ya que “los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas” (14:32).

El contexto remoto aclara que esta declaración no puede usarse apropiadamente para demostrar que los hombres hoy en día pueden profetizar uno por uno. La razón simple es: hoy nadie puede profetizar en absoluto. Los dones milagrosos cesaron con la terminación de las Escrituras del Nuevo Testamento (1 Cor. 13:8-10; Ef. 4:8-13). Ya que los dones milagrosos eran impartidos únicamente mediante la imposición de manos de los apóstoles (Hch. 8:13-17; Ro. 1:11) y ya que no hay apóstoles sobre la tierra hoy en día, no hay medios por los cuales alguien podrían obtener estos poderes milagrosos. Los hechos demandan la conclusión que ningún hombre hoy en día posee ninguno de estos poderes milagrosos, y por consiguiente, ningún hombre de hoy en día puede profetizar.

Así que, aunque vamos a demostrar más adelante que algunas expresiones declarativas en la Biblia pueden usarse para probar que alguna cosa es obligatoria hoy en día, es claro que por lo menos algunas de estas expresiones no pueden usarse para hacer obligatorias ciertas acciones hoy en día.

Debe tomarse en cuenta que nadie podría saber hoy día en la iglesia que este pasaje no nos obliga a “profetizar uno por uno” sin reconocer y usar apropiadamente “el contexto total” y los principios de la lógica (el razonamiento válido). Debemos tener presente que lo que se enseña implícitamente es tan obligatorio como lo que se enseña explícitamente. La tesis básica de este curso es crucial ya que provee la respuesta para este problema.

¿Es acaso posible que las expresiones declarativas se puedan usar para demostrar que una cierta cosa es obligatoria para los hombres hoy en día? Esta pregunta dirige nuestra atención nuevamente al punto de vista defendido por algunos hermanos (el cual ya ha sido considerado brevemente): “Que una cosa sólo puede ser esencial si ha sido declarada en mandamiento directo”. Ya hemos demostrado que dicha posición es falsa.

Imaginemos por un momento al director de un colegio dirigiéndose al alumnado en el primer día de clases con las siguientes palabras: “Para que ud pueda recibir el Bachiller en Letras debe completar por lo menos ciento treinta horas de clase en el semestre con un promedio regular de 3,5, no podrán graduarse sin cumplir con estos requisitos mínimos”. Debe notarse que él no ha dado, en el sentido estricto, un mandamiento. Sin embargo, sería absurdo negar que esta expresión declarativa compuesta coloca como esenciales para adquirir el Bachillerato en Letras por lo menos dos cosas: (a) completar por lo menos ciento treinta horas de clase en el semestre y (b) mantener un promedio mínimo de 3,5. Esta es una declaración condicional.

Ya que se ha demostrado que una expresión declarativa puede utilizarse para demostrar que algo es esencial para alcanzar un dado fin, ahora vamos a dirigir nuestra atención a unos cuantos pasajes de la Biblia. Estos pasajes serán considerados para: (a) determinar si hay por lo menos algunas expresiones declarativas en la Biblia las cuales muestran que ciertas cosas son obligatorias para los hombres hoy en día y (b) además, probar y confirmar la tesis básica de este curso.

Marcos 16:16. Ya ha sido establecido que Marcos 16:15-16, siendo una parte del evangelio de Cristo (el cual está dirigido a todos los hombres, Hch. 17:30, 31 y está en vigencia hasta el fin del mundo, Mat. 28:19-20) está dirigido a todos los hombres en la actualidad. Por consiguiente, si puede demostrarse que este pasaje aclara que una cosa en particular es esencial para la salvación, entonces se habrá mostrado que es posible que una expresión declarativa se puede usar para demostrar que una cosa es esencial para que el hombre agrade a Dios. Demostrar esto será una refutación contra el punto de vista que lo esencial es sólo lo que se nos ha dado como mandamiento.

Marcos 16:16 dice: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo…” Esta es una expresión declarativa, no imperativa. Esta no contiene un mandamiento. Dada la contención de algunos hombres (que sólo los mandamientos o expresiones imperativas nos pueden obligar hoy en día) entonces se seguiría que este pasaje no muestra ni que la fe ni que el bautismo sean cosas esenciales para la salvación. Pero la posición es tan absurda que parece increíble que alguien pueda creerla y enseñarla.

En nuestras versiones en español, el sujeto de la oración es “el”, modificado por la cláusula restrictiva “que creyere y fuere bautizado”. El verbo principal en esta oración está en futuro indicativo y pasivo, “será salvo”. La expresión deja claro que no cualquiera y todo “el” será salvo sino “el que creyere y fuere bautizado”. En el Nuevo Testamento Griego tanto “creyere” como “fuere bautizado” son participios aoristos, lo cual es sumamente importante dado que la acción de los participios no puede ocurrir subsiguiente a la acción del verbo principal (verbo que en este caso es “será salvo”). Por lo tanto es claro que el pasaje enseña que ni creer ni ser bautizado pueden ocurrir después de la salvación del pecado. De manera que esta expresión declarativa puede utilizarse para demostrar que tanto creer como ser bautizado son esenciales para la salvación.

Marcos 16:16 ha sido usado para demostrar: (a) que una cosa puede ser probada como esencial aunque no haya sido expresada en modo imperativo o como mandamiento y (b) que la tesis básica de este curso es verdadera. Muy obviamente la contención a favor de que sólo los mandamientos directos son obligatorios hoy es falsa.

Juan 20:30, 31. “Y muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer, tengáis vida en su nombre”. No se incluye ningún mandamiento en esta declaración. Sin embargo, la expresión deja claro que creer en Jesucristo, el Hijo de Dios, es esencial para tener vida en su nombre. Así que es absurdo que alguien, como algunos lo hacen, afirme que sólo es esencial para nosotros hoy lo que se nos haya comunicado en mandamiento directo. Que el creer en Jesús como el Hijo de Dios puede demostrarse como esencial (para tener vida en Su nombre) es visto en esta expresión declarativa. Y el hecho de utilizar el razonamiento  para poder entender que esta enseñanza aplica para los hombres de hoy en día no es sabiduría humana como algunos alegan sino más bien doctrina divina. Dios exige que los hombres razonen de manera adecuada acerca de la evidencia que Él les ha proporcionado (por ejemplo, Ro. 1:18-23; 1 Tes. 5:21; 1 Pe. 3:15; Hch. 2:22-36; 1 Cor. 15:12-19). Sostener que el uso de la razón (los principios del razonamiento válido) es doctrina humana y no un requerimiento divino es obviamente falso. El motivo por el cual una implicación obliga a los hombres hoy en día no es porque ellos la infirieron sino porque Dios la implicó. Sostener que lo enseñado en Juan 20:30, 31 no es de obligación para nosotros hoy porque el texto no contiene mandamientos directos es caer víctima de un error de doctrinas humanas.

Santiago 2:24, 26.  “Vosotros veis que el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe… porque así como el cuerpo sin el espíritu está muerto, así también la fe sin las obras está muerta”.    No aparece ningún mandamiento en estas declaraciones. Las dos expresiones son declarativas. Las expresiones dejan claro (prueban) que: (a) La fe es necesaria pero no es suficiente para la salvación y (b) que las obras (actos de obediencia que resultan de la fe) también son necesarios para la salvación. Esta enseñanza es obligatoria para los hombres hoy en día, aun cuando no está dada en forma imperativa, en la forma de un mandamiento directo.

Hay muchas declaraciones en el contexto remoto (tales como Gál. 5:6; Mr. 16:16) las cuales verifican las conclusiones de la expresión misma. Esto involucra el uso correcto de la lógica (tanto la inductiva como la deductiva).

Debemos alcanzar las siguientes conclusiones: (a) que una expresión declarativa la cual no contiene mandamiento puede usarse para probar que una cosa “es esencial” y (b) que la tesis básica de este estudio ha sido confirmada una vez más.

Gálatas 3:26-27. “Pues todos sois hijos de Dios mediante la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”.

Esta declaración se encuentra en el contexto inmediato donde Pablo está mostrando que la ley de Moisés realizaba una función vital (“como nuestro tutor hasta llevarnos a Cristo”, 3:24) y que la ley era temporal. Luego va a afirmar que “ahora la fe” ha llegado y “ya no estamos bajo ayo” (o sea bajo la ley de Moisés, 3:25). Lo que Pablo quiere decir es esto: ahora que el Nuevo Testamento ha entrado en vigor, el Antiguo Testamento, siendo clavado a la cruz en la muerte de Cristo (Col. 2:14), ya no es obligatorio en cuanto a detalle específico para nadie hoy en día (comp. Heb. 8:8-10; 10:9; Gál. 4:21-31).

En la declaración misma (Gál. 3:26-27) Páblo (sin usar ningún mandamiento directo) afirma (declara): “Sois” (ustedes las iglesias de toda Galacia, 1:2) “todos” (sin excepción) “hijos de Dios” (aquellos que han recibido la remisión de pecados, han nacido de nuevo) “mediante la fe” (la fe, el cuerpo definido de doctrina que es el evangelio de Cristo, comp. Gál. 1.23; Judas 3) “en Cristo Jesús” (aclarando que uno deja de ser un hijo del diablo y se convierte en un hijo de Dios cuando entra en Cristo). Habiendo aclarado (en el versículo veintiséis) que uno llega a ser hijo de Dios cuando entra en Cristo, en el versículo veintisiete Pablo aclara: (a) que los hombres entran en Cristo cuando son bautizados y (b) y que aquellos que son bautizados están “revestidos de Cristo” (es decir están cubiertos por la justicia que viene del poder redentor de la sangre de Cristo, Ef. 1:7; Ro. 5:8-9). Esta enseñanza explícita de Pablo implica que hasta que uno no haya obedecido a Cristo siendo bautizado: (a) el tal no es hijo de Dios (así que se mantiene como un hijo del diablo), (b) él no está en Cristo (donde está la salvación, 2 Tim. 2:10), y (c) no está revestido de Cristo (así que aún está vestido de los “harapos” de sus pecados). De manera que este pasaje de la Escritura prueba, sin hacer uso de ningún mandamiento directo, que el bautismo es esencial para la salvación.

Negar, como algunos hacen, que se puede probar que una cosa es esencial usando otro tipo de declaraciones que no sean imperativas (mandamientos directos) es negar la fuerza obvia de Gálatas 3:26-27. Aun si no existieran en la Biblia declaraciones imperativas como Hechos 2:38, los hombres podrían saber que el bautismo es esencial para la salvación mediante las expresiones declarativas de Gál. 3:26-27; Ro. 6:3-5;  y I Ped. 3:20-21.

Pero viene la pregunta: ¿Este bautismo que se ha mostrado como esencial es en agua o en el Espíritu? Los hombres no pueden responder esta pregunta sin usar la lógica (los principios del razonamiento válido). Uno debe obtener toda la evidencia relevante del contexto inmediato y del contexto remoto (inducción) y alcanzar solamente las conclusiones que estén garantizadas por la evidencia (deducción). Cuando uno adquiere toda la evidencia relevante y razona correctamente acerca de ella, entonces la conclusión es verdadera tanto como las declaraciones explícitas de las cuales se dedujo la conclusión. Es asombroso ver a ciertos hombres tratando de imponer sus propias deducciones sobre otros para obligarles a abandonar el hábito de deducir.  Tal esfuerzo es definitivamente auto contradictorio.

El contexto remoto aclara que el bautismo es en agua. Entre los pasajes que aclaran esto tenemos los siguientes: Hch. 8: 26-40; 10:47-48; Jn. 3:3-5; Mat. 28:18-20. Según Hechos 10:47-48, cuando Pedro instruyó a Cornelio y su familia a ser “bautizados en el nombre de Cristo Jesús”, él aclaró que el agua era el elemento en el cual debía ocurrir esa inmersión (bautismo). En Juan 3:3-5, Jesús dejó claro (enseñó) que nacer de agua y del Espíritu (es decir, ser sumergido en agua como el medio del nuevo nacimiento es un prerrequisito para que uno entre al reino de Dios. Cuando Felipe predicó sobre “Jesús” al eunuco etíope, él dejó claro que el agua era el elemento en el cual debía realizarse el bautismo (Hch. 8:26-40). En Mat. 28:18-20 Jesús dejó claro que los hombres (no Cristo) debían administrar el bautismo que es “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Los hombres no pueden administrar el bautismo del Espíritu Santo. El Señor Jesucristo fue quien administró ese bautismo (Jn. 1:33-34; Mat. 3:11).

Del material en esta sección anterior, es claro: (a) que por lo menos algunas expresiones declarativas pueden probar que una cierta cosa es esencial (para obtener o alcanzar una bendición en particular), (b) que otras expresiones que no son imperativas (indicando mandamiento directo) pueden usarse para mostrar que algo es esencial, (c) que uno debe considerar no solamente la declaración específica misma sino también el contexto inmediato y el contexto remoto, (d) que uno debe usar correctamente la lógica (los principios del razonamiento válido) para deducir las conclusiones que estén garantizadas por la evidencia, (e) que la Biblia enseña y obliga (deja claro que ciertas cosas son esenciales) por medio de declaraciones explícitas y de declaraciones implícitas, y (f) que la doctrina alegada por algunos de que cualquier conclusión que resulte del ejercicio de la lógica (los principios del razonamiento válido) es meramente doctrina humana y que no se puede usar para probar ue alguna cosa es esencial es una falsa doctrina y debería ser rechazada por todos los hombres.


De los puntos establecidos aquí podemos ver claramente que la tesis de este libro ha sido nuevamente confirmada (verificada). Ω

martes, 11 de junio de 2013

EL ORIGEN DE LA BIBLIA

Una de las leyes más conocidas del universo es la ley de la causa y efecto. Expresada de manera sencilla es esta: cada efecto debe tener una causa adecuada.

Ahora vamos a aplicar esta ley a la Biblia. La Biblia es un efecto. Ésta fue causada por alguna fuente. Realmente sólo hay dos posibilidades:

·         La Biblia se originó en una fuente puramente humana.
·       O la Biblia, aunque empleó a escritores humanos, es aún así finalmente algo de origen divino.

¿Cómo puede alguien determinar cuál de estos dos puntos de vista es el correcto?

La única vía es examinar la Biblia misma y verificar si ésta trae o no las marcas de identificación que se esperarían de un libro cuyo origen es Dios. ¿Qué esperaríamos de un volumen divino?

AFIRMADA
Si Dios nos dio la Biblia, esperaríamos que Él nos lo dijera. El hecho es este, la Biblia afirma ser literalmente la Palabra de Dios miles de veces (comp. Jer. 1:9; Hch. 1:16), y Cristo respaldó este mismo punto de vista de la Escritura (vea Mat. 22:31).

ARMONIOSA
Si Dios es la fuente de la Biblia, ya que Él es perfecto (Mat. 5:48), y no es autor de confusión (1 Cor. 14:33), esperaríamos que ésta fuera perfectamente armoniosa.

Aunque fue compuesta en un período de más o menos seis siglos, las Escrituras son perfectamente armoniosas. Aunque algunos han culpado a la Biblia de contradicciones, tales alegaciones no han triunfado nunca.

EXALTADA
Ya que Dios es Santo (Isa. 6:3), esperaríamos que la Biblia tuviera un exaltado tono moral. Eso es exactamente lo que uno encuentra. Sus preceptos —“ama a tu prójimo como a ti mismo” y “haz a los demás lo que quisieras que ellos hicieran contigo” (vea Mat. 22:39; 7:12)—han asombrado a millones de personas a través de distintas épocas. Ninguna filosofía puede presumir de una moral como esa.

IRREMPLAZABLE
Si la Biblia es de Dios, no esperaríamos que cualquier grupo de hombres, sin importar su intelecto, pudiera producir un volumen que sobrepase al antiguo documento. Aunque las Escrituras fueron completadas hace veintiún siglos, nadie ha sido capaz de escribir un libro que las deje obsoletas. ¡Esto es inexplicable!

PERPETUA
Si la Biblia es de un Dios eterno, esperaríamos que ésta fuera perpetuamente relevante. Este es el caso. Otros libros rápidamente pierden vigencia, pero la Biblia permanece con la frescura y actualidad que tuvo cuando fue publicada por sus escritores inspirados.

HONESTA
Si la Biblia fuera de origen divino, esperaríamos que fuera el retrato exacto del carácter humano. Esto es precisamente lo que encontramos. Aunque el hombre fue creado a imagen de Dios mismo (Gén. 1:26), por el pecado él sea ha separado a sí mismo de su Hacedor (Isa. 59:1, 2). Se ha vuelto excesivamente corrupto (Jer. 17:9) y por esto se mantiene en una seria necesidad de ayuda. ¡El hombre no hubiera podido escribir la Biblia si lo hubiera intentado, y no lo hubiera intentado si hubiera podido!

ESPECÍFICA
Finalmente, si la Biblia es de Dios, no esperaríamos que ésta fuera simplemente un vago y abstracto teatro filosófico, sino que nos diera información específica acerca del propósito de la vida del hombre y de cómo alcanzar dicho propósito.


Apasionadamente, la Biblia revela que el propósito del hombre en esta tierra es servir a Dios (Isa. 43:7; Ec. 12:13). Revela la misión de Cristo de salvar al hombre de su maldad (Lc. 19:10), y le alienta a responder al mensaje redentor de la gracia (Heb. 5:8, 9; Mr. 16:16; Hch. 2:38). Ω