jueves, 5 de septiembre de 2019

HECHOS ACERCA DE LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO


La segunda venida de Cristo (comp. Heb. 9:27) es un tema predominante en el Nuevo Testamento. Se hace referencias a este ocho veces más que a la venida inicial de nuestro Señor (Pardington, 354). Se alude a este más de 300 veces en el Nuevo Testamento (Thiessen, 442).

Debido a que hay una cantidad considerable de errores asociados con el regreso del Señor, debemos examinar este tema—no sólo positivamente, sino también tratando los diversos errores que han distorsionado la enseñanza bíblica.

Profetizada en el Antiguo Testamento

Ya que “la inmortalidad”, que se asocia con la segunda venida, se ilumina plenamente mediante el evangelio de Cristo (2 Tim. 1:10), uno no esperaría que hubiera abundancia de información explícita en el Antiguo Testamento relacionada con este tema vital. Sin embargo, hay pistas del regreso del Señor repartidas dentro de la literatura del AT.

Job sentía que debía haber un tiempo de vindicación para él de parte de su “Redentor” en algún momento antes de que su carne se desintegrara (19:25-27), aun cuando él no tenía una comprensión precisa de ese Redentor desde su perspectiva antigua.

En un discurso mediático, David predijo una retribución final de Jehová sobre sus enemigos (Sal. 2:9; 110:1).

Isaías habló del tiempo cuando toda rodilla se doblaría y toda lengua juraría lealtad a Dios (Isa. 45:23; comp. Ro. 14:11).

Daniel profetizó una futura resurrección corporal (Dan. 12:2-3). Estos eventos están asociados con la segunda del Salvador.

La Afirmación del Nuevo Testamento

Como se indicó arriba, el Nuevo Testamento abunda con información respecto a la segunda venida de Cristo. Jesús mismo lo afirmó en numerosas ocasiones (comp. Mat. 24:37, 39, 42, 44).

Poco antes de su crucifixión, el Salvador prometió que después de su muerte “vendría otra vez” (comp. Lc. 19:15; Jn. 14:3). Cuando el Señor ascendió al cielo los ángeles proclamaron que Él volvería “de la misma manera” que lo habían visto partir hacia el cielo (Hch. 1:11).

El capítulo quince de 1 Corintios completo trata con la resurrección del cuerpo, que ocurrirá en el momento del regreso de Jesús (v. 23). Los libros de Primera y Segunda de Tesalonicenses ambos tratan ampliamente el regreso de Cristo (1 Tes. 4:13ss; 5:1ss; 2 Tes. 1:7ss; 2:1ss).

Hay un término especial en griego comúnmente utilizado para el regreso de Cristo (24 veces en el Nuevo Testamento), el cual significa “llegada” o “presencia”, y se emplea unas dieciséis veces para referirse a la segunda venida (comp. Mat. 24:37, 39; 1 Tes. 3:13; 1 Cor. 15:23; Stgo. 5:7, etc.)

Un erudito sugiere que “los motivos” de la llegada en muchos de estos textos “se derivan del AT y de las expectativas judías de la salvación, las cuales anticipaban una personalidad terrenal tal como el rey mesiánico” (Radl, 3.44).

Permítanos considerar el tema de la segunda venida tanto desde la perspectiva positiva como de la negativa.

Características de la Segunda Venida

Hay características explícitas de la segunda venida que identifican la naturaleza de este grandioso evento. Al mismo tiempo, estas características eliminan varias falsas ideas que han surgido dentro de la comunidad conocida como “la Cristiandad” en estos dos últimos milenios. Considere los siguientes puntos:

La certeza de la Segunda Venida

Es seguro que ocurrirá la Segunda Venida. La integridad misma de Cristo está en juego en este asunto. Él declaró: «Vendré otra vez», subrayando que “si no fuera así, ya os lo habría dicho” (Jn. 14:2).

Además, ese día se identifica como un “día” definido, por ejemplo, «el día de nuestro Señor Jesucristo» (1 Cor. 1:8; 5:5; 2 Cor. 1:14; 1 Tes. 5:2).

El Tiempo de la Segunda Venida no ha sido revelado

El tiempo específico de ese evento no ha sido revelado. Él vendrá en un momento inesperado (Mat. 24:37ss), similar a la manera en la que un ladrón ataca a su víctima (1 Tes. 5:2).

Ni siquiera Cristo, durante su ministerio terrenal, sabía en qué día acontecería esto (comp. Mr. 13:32). Este se debía a su autolimitación de cierto conocimiento mientras estaba en la tierra.

Son ciertamente extrañas las aseveraciones de ciertos religiosos modernos quienes imaginan que pueden calcular ¡lo que el Señor no podía! Los fijadores de fechas han estad patentemente equivocados. Cuando el escéptico Bertrand Russell acusó a Jesús de error, afirmando que Cristo creía que su “venida” podía ocurrir en el primer siglo, él expuso su patética ignorancia de los datos bíblicos (1967, 16).

La Segunda Venida será literal

El retorno del Señor será literal. Hay pasajes que mencionan “venidas” de Cristo que son representativas (es decir, que no son literales), por ejemplo, su “venida” en Pentecostés con la llegada de Su reino (Mat. 16:28), o para otorgar el Espíritu Santo a Sus apóstoles (Jn. 14:18), en la destrucción de Jerusalén (Mat. 24:30), o de una manera disciplinaria (Apo. 2:5).

Pero, la Segunda Venida de Cristo será personal. Considere la expresión: «El Señor mismo» (1 Tes. 4:16).

Enseñan falsamente quienes afirman que esperamos “un regreso no visible de Cristo a la tierra” (Clarke, 444), o que la “segunda venida” era simplemente la acción punitiva de Cristo en el 70 d. C. para la destrucción de Jerusalén, como alega Max King y sus discípulos preteristas (vea Jackson, 31-56).

El regreso de Cristo será visible

El Señor vendrá visiblemente, no como aboga la teoría del “rapto”. Este ejemplo de “exégesis friki” fue popularizado por Hal Lindsey en el libro The Late Great Planet Earth.

El regreso del Señor será una “revelación” (2 Tes. 1:7), será ciertamente una “manifestación” (1 Jn. 2:28), involucrará una “aparición” (1 Tim. 6:14; 2 Tim. 4:1, 8; Tito 2:13; Heb. 9:29).

Además, Él vendrá como “el Hijo del Hombre” (Mat. 16:27), en Su cuerpo glorificado (Filp. 3:21).

El regreso de Jesús será final

La Segunda Venida será definitiva. Pablo describe la “venida” de Cristo como “el fin”. La muerte habrá sido destruida, y los enemigos del Señor serán todos derrotados (1 Cor. 15:23-24).

Entonces, claramente, ya que la muerte no ha sido destruida, obviamente la Segunda Venida no aconteció en el 70 d.  C., como alegan los radicales preteristas.

Adicionalmente, cuando los falsos maestros intentaron socavar la causa de Cristo, desafiando “la promesa del Señor de su Segunda Venida”, Pedro refutó su acusación contendiendo que la venida de Cristo estaría acompañada por la destrucción del universo entero (2 Pe. 3:4, 10). Así que, ese regreso no ha ocurrido, y no habrá lugar para un reino de mil años terrenal después de la venida del Señor, como alegan los premilenialistas.

Eventos asociados con la Segunda Venida

Aunque las siguientes características han sido tocadas ligeramente en los puntos que hemos discutido previamente, ahora las consideraremos mas sistemáticamente.

La Resurrección

La resurrección general de los muertos está vinculada con el regreso de Cristo.

Los antiguos saduceos negaban la resurrección (Mat. 22:23; Hch. 23:6-8), como lo hacen los modernos escépticos. Pero, la doctrina de la resurrección corporal se afirma abundantemente en el Nuevo Testamento (vea Jn. 5:28-29; 6:39-40; Mr. 12:18-27; Hch. 17:32; 24:15; 26:8; Ro. 8:23; 1 Tes. 4:16; 1 Cor. 15; 2 Cor. 5:1-2; Filp. 3:21).

Los fieles que estén vivos en el momento de la venida de Cristo serán transformados a su semejanza (1 Cor. 15:51; Flp. 3:21).

El Juicio

El día del juicio también está vinculado con la segunda venida (Mat. 16:27; 25:31-46). Considere:

·         Cristo será el juez (Jn. 5:22, 27; 2 Cor. 5:10).

·         Todos los seres humanos que hayan vivido en esta tierra serán juzgados (Ro. 14:10; Hch. 17:31).

·         Cada persona será juzgada por la ley de Dios bajo la cual vivió. Los antiguos gentiles serán juzgados por la ley de la conciencia (Ro. 2:12-15). Los judíos serán juzgados sobre la base de la ley de Moisés (Ro. 2:12). Los de la era cristiana serán juzgados según la ley de Cristo (1 Cor. 9:21; Ro. 2:16).

·         La culpabilidad humana será medida según la capacidad de cada uno, y por su conducta de obediencia o desobediencia (Mat. 7:21-33; Heb. 5:9).

·         El juicio será irrevocable. Cristo declaró que sólo hay dos destinos—el castigo eterno, o la vida eterna (“vida” = comunión con Dios). No hay redención post-juicio, ni tampoco habrá una aniquilación eventual de los malvados.

·         El propósito del juicio de Cristo no será determinar el destino de cada quien; eso ya está determinado en el momento de nuestra muerte (Lc. 16:22-23). El objetivo será revelar y vindicar «el justo juicio de Dios” (Ro. 2:5), lo cual será reconocido universalmente (Ro. 14:11).

Conclusión

La Segunda Venida del Señor será el evento terminal de la historia de la tierra. Todo individuo racional debería prepararse para esta fenomenal ocasión—de emocionante recompensa, o de indescriptible terror, dependiendo del status espiritual de cada quien.

OBRAS CITADAS

  • Clarke, William N. n.d. An Outline of Christian Theology.
  • Jackson, Wayne. 2005. The A.D. 70 Theory – A Review of the Max King Doctrine. Stockton, CA: Christian Courier.
  • Lindsey, Hal. 1970. The Late Great Planet Earth. Grand Rapids, MI: Zondervan.
  • Pardington, George. 1926. Outline Studies in Christian Doctrine. New York, NY: Christian Alliance. 1926.
  • Radl, W. 1993. Exegetical Dictionary of the New Testament. H. Balz & G. Schneider, eds. Grand Rapids, MI: Eerdmans.
  • Russell, Bertrand. 1967. Why I Am Not A Christian. New York, NY: Simon & Schuster.
  • Thiessen, Henry C. 1949. Lectures in Systematic Theology. Grand Rapids, MI: Eerdmans.

domingo, 1 de septiembre de 2019

¿Puedo ser feliz en el cielo teniendo a mis seres amados en el infierno?


Si yo soy cristiano, y mis padres u otros seres amados no lo son, y mueren perdidos, ¿cómo puedo ser feliz en el cielo, sabiendo que miembros de mi familia están sufriendo en el infierno?

Esta es una pregunta que ha desafiado la mente de todo meditabundo hijo de Dios. No hay un tratamiento específico de esta cuestión en las Escrituras, pero hay pasajes que contienen retazos de información que, considerada en conjunto, puede suplir una respuesta significativamente sustancial al problema percibido.

INTENTOS ERRÓNEOS DE TRATAR EL PROBLEMA
Al tratar este tema inquietante, no se debe recurrir a “soluciones” que son contrarias a la revelación bíblica más clara. Por ejemplo, el “universalismo”, es decir, la teoría que sostiene que todas las personas serán salvas, no está en armonía con las Escrituras (Mat. 7:13-14).

Tampoco es viable afirmar que no tendremos recuerdos de nuestras relaciones terrenales (vea Lc. 16:27-28). Lo cual, claramente, no es el caso (Mat. 8:11; Lc. 23:43). Así que la posible respuesta a nuestra pregunta debemos buscarla en otra parte.

POSIBLES SOLUCIONES
Primero, hay muchas cosas acerca del orden de cosas en la eternidad que están más allá de nuestra capacidad de comprender en el tiempo presente. Este es el por qué los escritores bíblicos emplean frases antropomórficas para comunicar conceptos espirituales en formas humanas. Por ejemplo, en las llamas del Hades, el rico quería agua para refrescar su lengua (Lc. 16:24(, cuando, en realidad, su lengua literal se estaba descomponiendo en la tierra.

De manera similar, una de las más preciosas declaraciones del libro de Apocalipsis es aquella donde en el orden celestial, Dios «enjugará toda lágrima de sus ojos» (Apo. 21:4). El simbolismo, característico del libro en general, es evidente, y, sin embargo, el propósito de la preciosa promesa es perfectamente claro.

Pero, ¿cuál es la causa de esas “lágrimas”? Probablemente la referencia aquí tiene que ver con las lágrimas derramadas en la tierra debido al sufrimiento, las persecuciones, los corazones rotos, etc. el punto pareciera ser este— serán erradicadas todas las horribles consecuencias del mal. El pecado y las aflicciones que lo acompañan se desvanecerán. De alguna manera, Dios aliviará los corazones de su pueblo, y sus anteriores episodios de tristeza serán eclipsados por el gozo celestial.

Hay varios puntos que pueden considerarse para ayudarnos a llevar este problema hacia un enfoque más preciso.

Si fuera el caso que el sufrimiento por los seres amados perdidos destruye la felicidad del cielo, entonces no habría cielo para los redimidos, porque todo el pueblo del Señor ha tenido miembros en su familia, cercana o lejana, que han muerto fuera de la esfera de la salvación (comp. Mat. 10:34-39). Por lo tanto, uno debe concluir que el problema percibido será remediado por Aquel que hace todas las cosas con justicia (Gén. 18:25).

Dios es un ser de amor supremo; el amor es intrínseco a su naturaleza (1 Jn. 4:8). La profundidad de su amor por la humanidad se evidencia en el mismísimo don de Su Hijo (Jn. 3:16). El sentido de amor del hombre no puede empezar a rivalizar con el amor supremamente compasivo del Padre.
Entonces, si es el caso que Dios mismo es feliz (vea “bendito” en 1 Tim. 1:11)— aun cuando los objetos de Su amor se rebelan contra Él y terminarán en el infierno— seguramente es igual de cierto que los simples mortales, con una capacidad de amor menor, pueden ser felices en la esfera eterna de la existencia.

¿Acaso no es cierto que, justo en este momento, en el cual vivimos en la tierra, estamos conscientes del hecho que algunas personas, por quienes sentimos un afecto entrañable, han muerto en una condición de desobediencia? A pesar de eso, ¿no podemos afirmar que una vida de temor a Dios es una existencia feliz y maravillosa? ¡Pablo podía! (Filp. 4:4). Si ese es el caso con respecto a las situaciones de la tierra, ¿no será también así en el orden eterno de las cosas?

Pero, quizá la consideración más reveladora de todas es esta. ¿No podemos admitir que nuestra actual percepción del pecado está demasiado alejada de la realidad? El pecado no sólo nos afecta físicamente, sino que también ha embotado nuestra percepción de la santidad absoluta. Incuestionablemente no comprendemos la magnitud del mal.

Considere el lenguaje de una de las parábolas de Jesús con respecto a los impíos.

«Pero a estos mis enemigos, que no querían que reinara sobre ellos, traedlos acá y matadlos delante de mí» (Lc. 19:27).

A algunos amigos les choca este lenguaje tan gráfico— incluso lo repudian. Luego considere el siguiente texto

«Entonces los siguió otro ángel, el tercero, diciendo a gran voz: Si alguno adora a la bestia y a su imagen, y recibe una marca en su frente o en su mano, él también beberá del vino del furor de Dios, que está preparado puro en el cáliz de su ira; y será atormentado con fuego y azufre delante de los santos ángeles y en presencia del Cordero. Y el humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos; y no tienen reposo, ni de día ni de noche, los que adoran a la bestia y a su imagen, y cualquiera que reciba la marca de su nombre» (Apo. 14:9-11).

Algunos que han considerado que este pasaje está fuera de armonía en cuanto a su percepción de la justicia divina, también han rechazado el concepto de un castigo eterno y consciente en el infierno— a pesar de la clara enseñanza bíblica sobre el tema.

Aquí hay una cuestión candente para una profunda meditación. ¿No es posible que una vez que hayamos escapado de las fragilidades y limitaciones de la carne, tendremos una consciencia más clara de la atrocidad del pecado?

Y, ¿no será que veremos a aquellos que han rehusado servir al Señor en una luz completamente diferente que aquella que empleamos en la tierra— aunque sean personas que están tan estrechamente relacionados con nosotros?

¡Una exposición a la presencia del Dios Santo podría resolver numerosos asuntos que son vistos como “problemáticos” desde nuestra actual e incompleta perspectiva!

Por lo tanto, no creemos que la interesante pregunta con la que iniciamos sea una pregunta insuperable. Debemos tomar en cuenta las posibilidades, y en el análisis final, confiar en que el Creador se encargará de los problemas.

sábado, 26 de enero de 2019

¿Se requiere una «fórmula de palabras» al administrar el bautismo?

Hay varias cosas que deben decirse en respuesta a esta conclusión no garantizada. Algunos hermanos, aparentemente, tienen la impresión (¿o convicción?) de que hay una fórmula particular de palabras que deben recitarse durante la administración del acto del bautismo. Esta concepción errada es el corazón mismo de la creencia que estos buenos hermanos defienden como dogma de fe. Ofrecemos las siguientes observaciones con respecto a este asunto.

¿Ordenó Jesús el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?

Es irresponsable contender que el Señor ordenó a sus discípulos bautizar «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mat. 28:19)—luego contender que ellos nunca hicieron esto y que si nosotros practicamos precisamente lo que Él ordenó hacer estaríamos mal.

¿Ordenó Cristo el bautismo «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»? Sí lo hizo. ¿Los apóstoles le obedecieron? Uno debe asumir que lo hicieron.

Si le obedecieron, ¿cuándo hicieron esto así? ¿Estaba esto exclusivamente confinado a aquel período de diez días entre la ascensión del Señor y el día de Pentecostés? No hay evidencia en lo absoluto que apoye el punto de vista de que la Gran Comisión, tal como se expone en Mateo, haya sido de una naturaleza temporal.

La realidad es que la bendición adjunta al encargo («y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo») claramente argumenta a favor de una Gran Comisión para un período de larga duración.

No se trata de una Fórmula de Palabras

Ningún pasaje en el Nuevo Testamento que mencione bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o en el nombre de Cristo, o en su nombre está haciendo referencia a lo que se dice en el momento de la inmersión.

Cada texto describe lo que se está haciendo con una diferencia mínima en el énfasis dependiendo de la construcción gramatical. No hay alusión alguna a una fórmula de palabras que sea requerida para poder validar la inmersión.

Lenguaje Diferente

Es muy obvio que no hay una fraseología precisa asociada con el bautismo, aun en términos de lo que se está haciendo. Los textos relacionados con esta cuestión varían en el idioma original.

Mateo dice: «bautizándolos en [EIS] el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mat. 28:19).

Lucas usa frases tales como «sed bautizados cada uno de vosotros en [EPI] el nombre de Jesucristo» (Hch. 2:38), «bautizados en [EIS] el nombre del Señor Jesús» (Hch. 8:16), «bautizados en [EN] el nombre de Jesucristo» (Hch. 10:48), «bautizados en [EIS] el nombre del Señor Jesús» (Hch. 19:5).

Si uno asume que el Nuevo Testamento es inspirado por Dios y que no contiene contradicción alguna, entonces cada uno de estos textos está en lo correcto. No están en conflicto, sino que simplemente están discutiendo la relación del bautismo con la Deidad desde ángulos un poco diferentes.

En ninguno de estos textos se está prescribiendo una «fórmula de palabras» (Vea la discusión de Thayer acerca del término «nombre», p. 447).

La cuestión ha sido sintetizada de manera genial por Harold Mare y Hobart Freeman.

«El significado del bautismo en el nombre de Jesús varía ligeramente según la preposición griega que se haya utilizado. En Hch. 2:38 Pedro exhortaba a los judíos a arrepentirse y bautizarse en o en cuanto a [EPI] el nombre de Jesucristo, apoyándose en Su autoridad y dedicándose a Él. Mas tarde, Pedro instruyó a Cornelio a bautizarse en [EN] en el nombre de Jesucristo, actuando con Su autoridad [Hch. 10:48]. Tres pasajes utilizan EIS (Mat. 28:19; Hch. 8:16; 19:5), además de la frase paralela ‘bautizados en Cristo’ (Ro. 6:3; Gál. 3:27). Un estudio de estos versículos junto con el verbo BAPTIZO y EIS en 1 Cor. 1:13; 10:2; 12:13 indican que el bautizado se identifica con Cristo (o con Pablo o con Moisés), llega a ser su propiedad y entra en asociación con Él, con una nueva lealtad y comunión» (1176).

La realidad es que, si alguien es sumergido «en el nombre de Jesús», es decir, por Su autoridad, entonces su bautismo debe ser en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo pues esto es precisamente lo que Cristo mismo autorizó (Mat. 28:19). Aunque, nuevamente, debe enfatizarse que esto no se refiere a alguna fórmula de palabras pronunciadas, sino que en cambio enfatiza el propósito o meta del bautismo.

Finalmente, si la expresión «en el nombre de» representaba un patrón verbal que se requería pronunciando exactamente esas mismas palabras, entonces uno debería repetir esa frase cada vez que haga alguna cosa, pues Pablo ordena que todo lo que hagamos, sea de palabra o de hecho, se haga «en el nombre del Señor Jesús» (Col. 3:17).

Obras Citadas
  • Thayer, J. H. 1958. Greek-English Lexicon. Edinburgh: T. & T. Clark.
  • Mare, Harold and Freeman, Hobart. 2003. Wycliffe Bible Dictionary. Eds. C. F. Pfeiffer, H. F. Vos, John Rea. Peabody, MA: Moody.

jueves, 31 de mayo de 2018

Lección 2: Jesús: «El bautismo de Juan, ¿del cielo o de los hombres?»


Si es el caso que Jesús, los apóstoles y los profetas del Nuevo Testamento utilizaron la Ley de la Racionalidad (usando la ley de la implicación y/o inferencia) de tal manera que quedara claro que el uso de esas dos leyes es necesario para aprender y enseñar la palabra de Dios, entonces es claro que éstas son necesarias para nosotros hoy.

1. Jesús y La Ley de la Racionalidad (Incluidas la Implicación y la Inferencia). Durante su ministerio terrenal, Jesús constantemente estaba involucrados en controversias. Hay varias narraciones en el Nuevo Testamento de las actividades de Jesús donde se le describe en discusiones que involucraban la Ley de la Racionalidad. Sin embargo, solamente consideraremos uno de estos casos.

Llama la atención el hecho de que Mateo presenta un relato de una discusión que Jesús tuvo en el templo con los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mateo 21:23-27).

«Cuando llegó Jesús al templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se le acercaron mientras enseñaba, diciendo: ¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te dio esta autoridad? Y respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una pregunta, que si me la contestáis, yo también os diré con qué autoridad hago estas cosas. ¿De dónde era el bautismo de Juan?, ¿del cielo o de los hombres? Y ellos discurrían entre sí, diciendo: Si decimos: “Del cielo”, Él nos dirá: “Entonces, ¿por qué no le creísteis?” Y si decimos: “De los hombres”, tememos a la multitud; porque todos tienen a Juan por profeta. Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. El a su vez les dijo: Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas».

Según esta narración los líderes judíos vinieron a Jesús cuando Él estaba enseñando y le preguntaron: «¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te dio esta autoridad?» Jesús les contestó que si ellos podían responderle una pregunta Él entonces respondería sus preguntas. La pregunta que les hizo fue: «¿De dónde era el bautismo de Juan?, ¿del cielo o de los hombres?» (Es decir, ¿Juan bautizaba por la autoridad de Dios o simplemente por la autoridad de los hombres?). Entonces los judíos discurrían entre sí dela siguiente manera. En efecto dijeron: «Si decimos que el bautismo de Juan es de Dios (del cielo), entonces Jesús nos señalará porque no lo creímos. Por otro lado, si decimos que el bautismo de Juan no es de Dios (sino meramente de los hombres) entonces la multitud se puede volver en nuestra contra».

Realmente la pregunta de Jesús para los judíos prepara la situación para la forma de argumentación lógica conocida como «dilema constructivo».

La forma de argumento conocida como «dilema constructivo» es la siguiente: (1) La primera premisa se componen de la conjunción de dos declaraciones implicativas, (2) la segunda premisa se la proposición disyuntiva compuesta de los antecedentes de los dos elementos de la premisa uno; y (3) la conclusión es una declaración disyuntiva compuesta de las consecuencias de los dos elementos de la premisa uno. Este es un argumento en forma válida, por lo cual cuando las premisas son verdaderas, la conclusión debe ser verdadera.

Puesto en una forma lógica precisa, el argumento se ve así:

1. Si decimos que el bautismo de Juan es de Dios, entonces tendríamos que haber creído (y, por ende, haber obedecido dicho bautismo) y, si decimos que el bautismo de Juan no es de Dios (sino que es solamente de hombres), entonces (tememos que) la multitud nos apedree (pues ellos creen que Juan es un profeta).

2. O el bautismo de Juan es de Dios o el bautismo de Juan no es de Dios.

3. Por lo tanto, o debimos creer a Juan o tememos que la multitud nos apedree (porque ellos consideran que Juan es un profeta).

Enfrentados al dilema que se expone en la conclusión, los judíos decidieron que no tomarían al dilema «por los cuernos» y respondieron a Jesús: «No sabemos», es decir que ellos se negaron a responder la pregunta de Jesús.

Si el asunto no fuera tan serio (como para involucrar la salvación eterna de hombres y mujeres) sería cómico ver a hombres que afirman ser seguidores de la Biblia, pero que rechazan la Ley de la Racionalidad (vea, por ejemplo, 1 Tes. 5:21) y defienden el irracionalismo (y, de esta manera, niegan la relación obvia entre la evidencia, el razonamiento válido y la conclusión). Todos actuamos en cierta ocasión (especialmente nos interesan las ocasiones que involucran la consideración de evidencia bíblica) o racional o irracionalmente. Actuar racionalmente es llegar únicamente a aquellas conclusiones que estén garantizadas por la evidencia. Actuar irracionalmente es llegar a conclusiones que no cuentan con evidencia adecuada. Es una completa blasfemia acusar a Jesús de enseñar a los hombres a actuar irracionalmente cuando éstos estudian Su sagrada palabra.

Otra manera de exponer el argumento implicado por la pregunta de Jesús es la siguiente (para los hombres que vivían en el tiempo de Juan): (1) si el bautismo de Juan es de Dios (es decir, si es algo autorizado por Dios y no por los hombres), entonces los hombres deben creer a Juan (y obedecer el bautismo que él enseña), (2) el bautismo de Juan es de Dios. (3) Por lo tanto, los hombres deberían creer (y obedecer el bautismo que él enseña).

Jesús enseñó claramente que los hombres debían reconocer y honrar la Ley de la Racionalidad.

Conclusión

Nadie debería ignorar el punto de la forma tan directa en la que enseñaba Jesús. Él no permitía vacilaciones ni ambigüedades de «lo puse aquí y ahora no está». Exigió que los judíos le dijeran si el bautismo de Juan se llevaba a cabo por la autoridad de Dios o por la autoridad de los hombres. Cuando ellos no respondieron Su pregunta (porque no había manera de salir del dilema en el cual Jesús los había colocado), Jesús les dijo: «Tampoco yo os diré con qué autoridad hago estas cosas» (Mat. 21:27).

¿Usan los hombres instrumentos mecánicos de música por la autoridad de Dios o por la autoridad de los hombres? Ya que no hay autoridad de Dios para esa práctica, debe haber solamente una posibilidad: se hace por la autoridad de simples hombres. Por lo tanto, es pecaminosa dicha práctica (2 Jn. 9-11).

¡Que todos los hombres sean agradecidos por tener tan maravilloso Salvador, el solo y único Maestro por excelencia!

martes, 21 de febrero de 2017

SERIE: Jesús, un maestro verdaderamente definitivo

LECCIÓN 1

Jesús enseñó: que no hay terreno medio… entre… y


Jesús ha sido ampliamente mal interpretado. Los hombres no han entendido quién es Él. No han entendido qué enseñaba ni cómo lo enseñó.

Mucha gente sostiene que Jesús enseñaba que los hombres eran libres de creer y hacer lo que les agradara (sin importar que esa enseñanza fuera contradictoria) y que con todo y eso agradarían a Dios. Esas personas sostienen que uno puede cometer pecados tales como el asesinato, violación sexual, mentira, robo, adulterio, etc., y aún agradar a Dios, aunque rehúse arrepentirse de esos pecados. Jesús no era un maestro «sentimentaloide». Él no se equivocaba. No era ambiguo. ¡Nunca dijo a alguien: «Cree lo que quieras y haz lo que desees—Yo te salvaré por mi gracia sin importar lo que hagas o no»!

Sin embargo, los hombres dicen: «Jesús es tan bueno—Él nunca va a permitir que alguien se pierda». Jesús es bueno, pero no es cierto que Él sea un «bonachón» (en el sentido de permitir que los hombres pisoteen con gusto Sus enseñanzas como si Él no fuera más que un simple hombre). Hay un número de declaraciones hechas por Jesús las cuales se registraron en el Sermón del Monte y que hacen este punto muy, muy claro. Entre esas declaraciones está la que se registra en Mateo 7:13-14, la cual dice lo siguiente:

«Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan» (LBLA).

La meta básica de esta primera lección es «dar un vistazo» a los varios elementos que hay en esta enseñanza de Jesús.

I. Jesús enseñó definitivamente que no hay un terreno medio entre Él y Satanás.

                1. La Biblia claramente enseña que tanto Jesús como Satanás (el diablo) son reales.

                               (1) Jesús es real. El evangelio según Juan comienza con las siguientes palabras:

«En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin El nada de lo que ha sido hecho, fue hecho…

Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn. 1:1-3, 14).

De modo que, no puede haber duda en cuanto a que la Biblia claramente declara la realidad de la existencia de Jesús, la Palabra que se hizo carne. La Palabra era Dios (existencia sin límite de tiempo, Él siempre era Dios—sin un principio). Él se hizo carne (Jesús de Nazaret, nacido de la virgen María). Cuando la Palabra se hizo carne, sin dejar de ser Dios, se convirtió en algo que no era antes—es decir, hombre (Jn. 1:14; 1 Tim. 2:5).

(2) El diablo es real. El registro de Mateo deja claro que el diablo realmente existe y que tiene el poder de tentar. Tentó a Jesús mismo (Mat. 4:1-11). El apóstol, Pedro advirtió a los hombres de la siguiente manera:

«Sed de espíritu sobrio, estad alerta. Vuestro adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar. Pero resistidle firmes en la fe, sabiendo que las mismas experiencias de sufrimiento se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo» (1 Pe. 5:8-9).

2. La Biblia enseña que no hay terreno medio entre Cristo y Satanás. Durante el período bajo el cual la ley de Moisés estaba en vigencia para los judíos, Dios inspiró a Moisés a enseñar a Israel que ellos debían elegir entre las únicas dos alternativas: (1) bendición o (2) maldición. Para tener la bendición, uno debía contar con la aprobación de Dios. Para tener la aprobación de Dios, uno tenía que obedecer (atender) las instrucciones que Dios le había dado. El fracaso en atender a esas instrucciones lo convertía en el objeto de la maldición (castigo por el pecado). Vea Deuteronomio 11:26-28.

En realidad, Jesús no simplemente «invita» (aunque lo hace ciertamente); Él manda a todos los hombres a sujetarse a Él en obediencia fiel a Su palabra (Mat. 11:28-30; comp. Heb. 5:8-9; 2 Tes. 1:7-9; Hch. 2:38; 3:19; 22:16).

Realmente no hay otro invitador final para los hombres que Jesucristo o el diablo. Aunque es cierto que hay miles de personas que con regularidad están invitando a otras personas a aceptar esta o aquella religión, aun es el caso que todo ser humano que invita a otro a aceptar alguna religión en particular lo hace utilizando o la doctrina de Cristo o a doctrina del diablo.
Cada ser humano aceptará— tendrá que aceptar — o la invitación que Jesús extiende a los hombres o la invitación que el diablo extiende a los hombres. Es simplemente el caso que no hay más invitador final que estos dos. Todos los hombres escucharán y obedecerán o a Jesús o a Satanás.

No hay terreno medio entre Jesús y Satanás (Mat. 11:28-30; 1 Pe. 5:8).

II. Jesús enseñó definitivamente que no hay mensaje medio entre la verdad y la falsa doctrina.

1. Hay un —y solo un— cuerpo de doctrina que es verdadero. En Efesios 4:4-6, el apóstol Pablo enseñó que hay «siete» elementos— hay un Dios, un Señor, un Espíritu, una esperanza, una fe, un bautismo y un cuerpo. La «una fe» se refiere al único cuerpo de doctrina que es el evangelio de Cristo (la ley de Cristo, la palabra de Dios, la doctrina de Cristo, etc.). así como hay un —y solo un— Dios, hay un —y solo un— Hijo de Dios (Jesucristo). Y así como hay un —y solo un— Hijo de Dios, hay un —y solo un—cuerpo de doctrina (la fe, el evangelio) cuya creencia y obediencia salvará al hombre de sus pecados (Ro. 1:15-17; Mr. 16:15-16; Hch. 2:22-47; 3:17-23).

2. Cualquier otra doctrina religiosa que no sea la fe (el evangelio de Cristo) es inútil para salvar a alguien. Ninguna mera doctrina humana —no importa cuán sincero y meticuloso pueda ser su seguidor—puede salvar el alma de algún hombre. Todo hombre que no obedezca el evangelio de Cristo se perderá eternamente (2 Tes. 1:7-9). Solamente aquellos que cumplen la voluntad de Dios serán salvos (Mat. 7:21-22; 24-27). Ningún hombre que se rehúse a hacer la voluntad de Cristo tiene el derecho de llamarle Señor (Lc. 6:46; comp. Hch. 3:22-23).

3. No hay mensaje medio entre el evangelio y la falsa doctrina. O uno cree y obedece el evangelio de Cristo o creerá y obedecerá alguna falsa doctrina, sea el ateísmo, agnosticismo o alguna otra doctrina religiosa humana.

(1) Jesús quiere que todos los hombres reconozcan ­—y vivan por— el evangelio de Cristo como el único y solo cuerpo de doctrina que al obedecerlo salvará sus almas. Jesús quiere que todos los hombres entiendan que ninguna doctrina meramente humana (una que se origina en los hombres y no en Dios) puede salvar el alma.

(2) Por el otro lado, Satanás (el diablo) quiere que todos los hombres rechacen el evangelio de Cristo como algo demasiado rígido, demasiado «anticuado», demasiado restrictivo, demasiado «aguafiestas», etc. Por esto es que muchas personas dicen cosas como: «Cada persona tiene derecho a elegir su propia creencia. Si soy sincero en mi religión Cristo me salvará sin importar lo que yo crea o haga en la religión». Pero eso sencillamente no es cierto (vea 2 Tes. 1:7-9; Heb. 5:8-9; Apo. 2:10; Mat. 7:13-27; etc.). Satanás quiere que los hombres acepten y sigan las doctrinas meramente humanas. Él quiere que los hombres crean que las doctrinas que han sido inventadas y predicadas por las distintas denominaciones son tan poderosas para salvar como lo es el verdadero evangelio de Cristo. Él quiere que los hombres crean que cuando ellos alcanzan ciertas conclusiones con respecto a cuál es la voluntad de Dios, Dios aceptará lo que ellos crean y hagan, aun si sus conclusiones contradicen lo que la Biblia enseña realmente. El diablo quiere que todos los hombres crean que son LIBRES de creer y hacer lo que desean en temas religiosos. Él quiere que ellos crean que serán juzgados (en el Día del Juicio Final) por sus interpretaciones de la Biblia (aunque sus interpretaciones contradigan las enseñanzas bíblicas con respecto a asuntos que son obligatorios) y no por lo que la Biblia realmente enseña. Podemos saber que todo esto es falso estudiando los siguientes pasajes: (a) Gálatas 1:6-9 aclara que NADIE puede enseñar otro (diferente) evangelio (que el evangelio de Cristo) sin convertirse en anatema—Dios no permite que nadie PERVIERTA Su palabra. (b) Juan 12:48 enseña que los hombres serán juzgados por la palabra de Dios—no por alguna doctrina humana, y (c) Apocalipsis 22:18-19 aclara que Dios no tolerará que se le añada o quite a Su palabra.

Todos los hombres tienen que responder ante el evangelio (ley) de Cristo (la única fe) y, por eso, ninguno pude rechazarlo y quedar impune.

No hay mensaje medio entre el mensaje de Cristo (el evangelio) y el mensaje de Satanás (cualquier mensaje distinto al evangelio de Cristo).

III. Jesús enseñó definitivamente que no hay una Puerta en Medio de la Puerta Estrecha y de la Puerta Ancha.

En el material precedente se ha mostrado que (a) no hay invitador en medio de Cristo y Satanás y (b) que no hay mensaje en medio de la verdad (el evangelio) y la falsa doctrina. Esto significa que todo hombre debe responder (obedecer) la «invitación» de Cristo o la de Satanás­— no hay otro invitador al cual responder. Esto también significa que todo hombre debe obedecer a la verdad o a la falsa doctrina— no hay otro mensaje en medio (que tenga que ver con el alma) al cual el hombre pueda obedecer.

Ahora, en tercer lugar, debe considerarse que no hay una puerta en medio de la puerta estrecha y de a puerta amplia.

La «puerta estrecha» es aquella mediante la cual uno deja el mundo y entra en Cristo (en el cuerpo de Cristo, la iglesia que Jesús compró con su sangre, Hch. 20:28; Ef. 1:22-23). Uno está en capacidad de «atravesar» esta puerta cuando —y sólo cuando— ha respondido favorablemente al «invitador» (Jesús) abriendo el corazón al mensaje (el evangelio). El acto culminante (el que sigue a oír, aprender, creer en el evangelio, arrepentirse de los pecados y confesar a Cristo como Señor) es ser bautizado. Nadie puede entrar accidentalmente por la puerta estrecha; uno debe aprender y obedecer la verdad— la única y sola verdad que es el evangelio de Cristo (Ef. 4:4-6; Hch. 4:12; Ro. 1:15-17; Gál. 1:6-9; 2 Tes. 1:7-9; etc). Son aquellos —y solamente aquellos— quienes reciben la palabra (la verdad, el evangelio) los que pueden entrar por la puerta estrecha (Hch. 2:22-47; considere especialmente el 2:41; comp. Jn. 3:3-5; Gál. 3:26-27). Es la única puerta estrecha que da acceso a la «senda angosta» (la vivencia de la vida cristiana), la cual —si se sigue fielmente— conduce a la vida eterna (Apo. 2:10).

A la «puerta ancha» uno entra cuando peca (es decir, cuando viola la voluntad de Dios. 1 Jn. 3:4; Ro. 3:23; Isa. 59:1-2). A diferencia de la puerta estrecha (la cual requiere que el hombre haga específicamente lo que manda el único mensaje de Cristo), uno puede tener acceso a la «puerta ancha» mediante incontables maneras de pensar y/o actuar. Cualquier desobediencia a la palabra de Dios o cualquier obediencia a las falsas doctrinas causará que uno entre por la puerta ancha. La puerta ancha da acceso a una vida mundana—ésta provee entrada al «espacioso camino» que lleva a la perdición eterna.

No hay puerta intermedia entre la puerta angosta y la puerta ancha. Todo hombre debe entrar o por la puerta estrecha o por la puerta ancha.

IV. Jesús enseñó definitivamente que no hay senda intermedia entre la senda angosta y la senda amplia.

1. Si alguien ha entrado por la senda angosta (siendo bautizado en Cristo arrepintiéndose de los pecados), entonces se ha convertido en cristiano (hijo de Dios, salvo de sus pecados mediante la sangre de Cristo, Gál. 3:26-27; Ro. 6:3-5). Esto significa que él ha empezado a andar por «la senda angosta» que conduce a la vida eterna (cielo).

Por otro lado, si alguien ha entrado por la senda amplia, entonces ha entrado a una vida de pecado (se ha convertido en un hijo del diablo, alguien perdido en sus pecados, separado de Dios). Así que él ha empezado a andar por la senda que conduce al castigo eterno (al infierno, Mat. 25:46).

2. Caminar por la senda angosta involucra un compromiso con Jesucristo, con la verdad y con la justicia. Jesús dejó claro que cualquier hijo de Dios que le sea fiel (a Jesús) debe «tomar su cruz cada día y seguirle» (Lc. 9:23). Esto significa que, para ser fiel a Jesús, uno debe estar dispuesto a pagar cualquier precio para ser obediente a la voluntad de Cristo (Lc. 9:24). El apóstol Pablo dejó claro esto cuando dijo (a punto de enfrentar una situación peligrosa para sí mismo) que estaba listo no solamente para ir a prisión sino también a morir para ser fiel a Cristo (Hch. 21:13). Jesús enseñó claramente que para que alguien sea fiel debe amarle (a Jesús) más que a la esposa, los padres, los hijos, las posesiones y aun la propia vida (Lc. 14:25-26). Esto simplemente significa que hay cosas que uno no puede hacer y agradar a Dios. Por ejemplo, uno no puede (a) amar, defender y seguir (obedecer) una falsa doctrina, (b) hacer aquello que no está autorizado por el evangelio (2 Jn. 9-11), (c) involucrarse en las obras de la carne (Gál. 5:19-21; Apo. 21:8) y aun así mantenerse en la senda angosta de Mateo 7:13-14. Uno debe defender y obedecer la verdad y sólo la verdad. Uno debe hacer en religión solamente aquello que ha sido autorizado por el evangelio de Cristo. Uno debe involucrarse en el fruto del Espíritu (Gal. 5:22-23; comp. 2 Pe. 1:5-11).

No hay una senda intermedia entre la senda angosta y la senda amplia. La senda amplia permite que uno se involucre en la defensa de una falsa doctrina, hacer lo que no está autorizado por las Escrituras, involucrarse en las obras de la carne, ser miembro de «iglesias» (cuerpos religiosos) que no fueron comprados con la sangre del Señor (denominaciones).

Todo hombre en la tierra está caminando o por la senda angosta o por la senda amplia. Simplemente no hay otra vía para que el hombre pueda andar en ella. No hay senda intermedia entre la senda angosta y la senda amplia.

V. Jesús enseñó definitivamente que no hay destino intermedio entre la vida eterna y el castigo eterno.

Cada hombre que entra por la puerta estrecha y se mantiene caminando fielmente por la senda angosta tendrá vida eterna en el cielo con Dios, con Cristo y con todos los salvos.

Todo hombre que entra por la puerta ancha y camina por la senda amplia irá al castigo eterno (el infierno).

Jesús enseñó que, en el día del juicio, los malos «irán al castigo eterno» pero que los hombres justos «irán a la vida eterna» (Mat. 25:46). En Marcos 9:43-48 Jesús dejó claro que solamente hay dos destinos eternos, uno es la vida (cielo) y el otro el infierno.

Un pasaje que resume de manera maravillosa este asunto de los posibles destinos eterno para los hombres es Juan 5:28-29. Este pasaje dice: «No os admiréis de esto, porque viene la hora en que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán: los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida, y los que practicaron lo malo, a resurrección de juicio» (LBLA).

No hay un DESTINO intermedio entre el destino de vida eterna y el destino de castigo eterno.
No hay destino intermedio entre la vida eterna y el castigo eterno.

Conclusión


La lección se resume fácilmente en estas cinco afirmaciones: (1) No hay INVITADOR intermedio entre Cristo y Satanás, (2) No hay MENSAJE intermedio entre la verdad y la falsa doctrina, (3) no hay PUERTA intermedia entre la puerta estrecha y la puerta ancha, (4) no hay SENDA intermedia entre la senda angosta y la senda amplia, y (5) no hay DESTINO intermedio entre la vida eterna y el castigo eterno.

SERIE: Jesús, un maestro verdaderamente definitivo

INTRODUCCIÓN

Jesús— El Maestro Mal Representado

Aunque seguramente es el caso que Jesús es el «Maestro por excelencia», es decir, el maestro perfecto, el maestro que no solamente conocía a la perfección, sino que enseñaba y vivía perfectamente—no obstante, es el caso que probablemente no ha habido otro maestro que haya sido tan mal representado por los hombres como Él (Jesús).

Los hombres han contendido que Jesús era (es) un maestro que tolerará cualquier tipo de reacción hacia Su enseñanza. La Biblia muestra que Él demanda conocimiento de la verdad (el evangelio de Jesucristo), amor a la verdad, y obediencia a la verdad (Jn. 8:32; 2 Tes. 2:10-12; Heb. 5:8-9; Mat. 7:21-23; etc.). Los hombres han contendido y aún contienden que Jesús salvará aun a aquellos que rechazan Su verdad. La Biblia no enseña eso (Heb. 5:8-9; Mat. 7:21-23; 7:13-14).

Hoy, el triste cuadro es que la gente que afirma ser seguidores de Cristo castigarán a otros por la simple razón de que éstos enseñan que Jesús demanda obediencia a Su voluntad (Mat. 7:13-27). Las personas con una «mente liberal» tienen una muy fuerte aversión a lo que ellos llaman o «legalismo» o «dogmatismo» (es decir, a defender como necesario el conocer y obedecer la verdad, el evangelio de Cristo).

Jesús es representado por muchas personas como un maestro que no solamente tolera, sino que demanda el método al que los círculos teológicos se refieren como «unidad-en-diversidad» (lo cual en realidad no significa unidad en absoluto sino «un acuerdo en cuanto a estar en desacuerdo» o un «acuerdo para comprometer la verdad con el error»). Pero Jesús no tolera el compromiso de la verdad con el error. El denominado Movimiento Ecuménico (con su comprometida montaña de denominaciones con doctrinas contradictorias) es decididamente antagónico con la verdad que es el evangelio de Jesucristo. Aquellos que conocen y aman la verdad rechazan al Movimiento de la «unidad-en-diversidad», el cual, naturalmente, conduce a la adopción del Movimiento Ecuménico.
Esta presente serie de lecciones ha sido diseñada para ayudar a los lectores a ver por lo menos algo de la verdad de cómo enseñaba Jesús realmente. Él fue el más grande maestro del debate que el mundo ha conocido. Él sabía que la verdad es absoluta (ésta se mantiene siendo lo que es sin importar el número de interpretaciones erróneas que los hombres puedan inferir). Jesús luchó por la verdad, sin embargo, siempre llevó esa lucha con amor. Habló claramente a quienes estaban en error (especialmente a aquellos que estaban involucrados en un error fatal) con términos bastante fuertes. No obstante, siempre lo hizo con amor hacia el pecador, deseando que éste se arrepintiera y fuera salvo.

Los artículos de este tema han sido preparados para dejar al lector profundamente impactado con el hecho de que Jesús veía el amor a la verdad, el conocimiento de la verdad, y la obediencia a la verdad no solamente como importantes sino necesarios para que el pecador sea salvo del pecado (2 Tes. 2:10-12; Jn. 8:32; 14; 15; 1 Jn. 5:3).

Es nuestra sincera esperanza que todos y cada uno de los lectores va a «escudriñar las Escrituras» para determinar por sí mismo si Jesús realmente era/es la clase de maestro que afirman los artículos que componen este estudio (Hch. 17:11; 2 Tim. 2:15).

Ojalá que ninguno de nosotros provoque una controversia sólo por provocar (una mentalidad que es decididamente antagónica a la verdadera espiritualidad) sino que, por el contrario, estemos dispuestos a pelear la buena batalla de la fe—que todos estemos dispuestos a enseñar la verdad en amor (Ef. 4:15; Mat. 10:34; Lc. 12:51). ¡Jesús vino a traer espada!

Jesús es nuestro ejemplo para todo lo que debemos hacer (1 Pe. 2:21-25). Simplemente debemos permitir que Él sea nuestro ejemplo como Maestro. Aquí estamos dedicados a alcanzar esa meta. 

miércoles, 11 de enero de 2017

Los Predicadores No tienen la misma autoridad que los Ancianos

La autoridad de Dios es inherente a Su palabra, el evangelio de nuestra salvación. Nuestro Padre en el cielo dio la Palabra a su Hijo, Cristo, Quien a su vez dio las palabras al Espíritu Santo, Quien de igual manera dio las palabras a los escritores del Nuevo Testamento (Jn. 16:1-3, 5; 2 Cor. 5:18-21). Esto se llama la cadena de autoridad. Dios utilizó «vasos de barro» para transmitir en tesoro de la verdad (2 Cor. 4:7).

Los apóstoles se sentaron «sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» por medio de la palabra escrita (Mat. 19:28). Sentarse en un trono denota poder y autoridad. Ese poder y autoridad reside en la palabra de Dios. Pablo escribió, «Pues aunque yo me gloríe más todavía respecto de nuestra autoridad, que el Señor nos dio para edificación y no para vuestra destrucción, no me avergonzaré» (2 Cor. 10:8). Él estaba hablando de autoridad apostólica. Dios habla hoy a través de Su palabra escrita con todo el poder y autoridad con los cuales lo hizo por otros medios (la zarza ardiente, sueños, escrituras en muros, etc.). Por lo tanto, cuando alguien (sea un niño de diez años o un hermano de edad avanzada) lee en voz alta la Palabra de Dios en privado o en público, él habla con la autoridad de Dios.

Pablo dijo al predicador Tito, «Esto habla, exhorta y reprende con toda autoridad. Que nadie te menosprecie» (Tito 2:15). Un predicador tiene autoridad cuando él predica la Palabra de Dios (2 Tim. 4:2).

Pero un predicador no tiene la autoridad que tiene un anciano. Los ancianos están autorizados para velar por sí mismos y por el rebaño, alimentándolo y protegiéndolo (Hch. 20:28). Un predicador está fuera del rango de su deber cuando intenta hacer la obra que Dios asignó a los ancianos, es decir, la de supervisar el rebaño (1 Pe. 5:1-3). Los predicadores deben cuidar, principalmente, de sí mismos y de la doctrina (1 Tim. 4:16). Los ancianos son culpables de negligencia si permiten que el predicador o los predicadores asuman las responsabilidades del ancianato. Recuerde que a los ancianos se les ha encargado el deber de velar para que las acciones que realizan los demás, las realicen correctamente. Esto significa que los ancianos deben contratar a un predicador para que les ayude a alimentar al rebaño. Pero son los ancianos los que tienen que velar para que el rebaño reciba comida nutritiva (Sal. 23:1-3).

LOS PREDICADORES NO DEBEN DOMINAR A LOS ANCIANOS

Los predicadores, al igual que todos los miembros (esto incluye a cada anciano), están bajo el ancianato. El escritor de Hebreos ordena, «Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos, porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros» (Heb. 13:17).

Según el diccionario, «dominar» significa «mandar, gobernar, predominar sobre». Sin embargo, al parecer la palabra conlleva un sentido más emotivo que el de simplemente mandar o gobernar. Por ejemplo, los ancianos deben gobernar, pero no «teniendo señorío sobre los que os han sido confiados» (Heb. 13:17; 1 Pe. 5:3). Deben gobernar, pero no dominar. Ni los ancianos ni los predicadores deben dominar. El único que debe dominar es Jesucristo (1 Tim. 6:15; Hch. 2:36).

Los predicadores, como todos los miembros, deben recordar cuál es su lugar en el cuerpo del Señor (1 Cor. 12:18). Los predicadores del evangelio no deberían dar órdenes a los ancianos sino estar en sujeción. Esto no significa que no puedan hacer sugerencias pertinentes al bienestar de la iglesia. Algunos pueden acusar a los predicadores de dominar a los ancianos cuando el problema real puede fundamentarse en que los hombres en el oficio de supervisión no son líderes. Los pastores del rebaño deben ser líderes y deben guiarlo por el camino correcto, es decir, de acuerdo con la ley de Dios.


De hecho, aunque haya hombres sin la suficiente calificación para estar «sirviendo» como ancianos, eso no justifica al predicador para pasar por encima de ellos o dominarles. Los hombres que no llenan los requisitos para ser ancianos nunca debieron ser seleccionados; pero si han sido seleccionados, deben abandonar el cargo. Si se rehúsan a renunciar, entonces, en lugar de dividir el cuerpo del Señor, el predicador debe trabajar con ellos hasta donde se lo permita su capacidad. Si no es capaz de lograr eso, debe salir y predicar en alguna otra parte.